Rocroi, el Último Tercio. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau Nieto.

Los Tercios de las Españas fueron creados oficialmente por Carlos I durante su reforma de los Reales Ejércitos de octubre de 1534, materializándose en la Ordenanza de Génova de 15 de noviembre de 1536. Mediante este corpus legislativo se estructuraron las nuevas unidades de voluntarios profesionales y se les atribuyó el nombre de Tercios, como infantería expedicionaria en el Mediterráneo.

El origen del término Tercio nunca ha terminado de dilucidarse y ríos de tinta se han invertido en teorizar sobre la cuestión: Hay autores que afirman que se llamaban así porque estas unidades tenían como núcleo una fuerza de 3000 hombres. Otra versión se remonta a la Ordenanza de Gentes de Guerra de 1497, que dividió la infantería en 3 partes: El tercio de lanzas, el de ballesteros y el de espingarderos. Por último, en 1536 el Tercio incluía tres tipos de combatientes: Piqueros, arcabuceros y mosqueteros. De cualquier forma, la nomenclatura sigue siendo un tema abierto.

Los tres primeros Tercios que se fundaron fueron el Tercio de Sicilia y de Nápoles, el Tercio de Lombardía y el Tercio de Málaga. Poco después se creó el Tercio de Galeras (primera unidad regular de Infantería de Marina de la historia militar). Pasados los años el Tercio de Nápoles y Sicilia se dividió en dos según sus patronímicos (Nápoles y Sicilia) y el de Málaga se rebautizó como de Cerdeña. En la segunda mitad del s. XVI, estas fuerzas recibieron el título honorífico de ‘Tercios Viejos’, para distinguirlos de los que se fueron creando.

Los Tercios eran unidades regulares profesionales permanentemente operativas, aunque no existiera una amenaza inminente. Su organización y estructura normalizada, establecida en la anteriormente citada ordenanza de Génova (1536), dividía cada Tercio de 3000 efectivos en 10 compañías: 8 de piqueros y 2 de arcabuceros, integradas por 300 hombres cada una de ellas. Alternativamente, un Tercio también podía fragmentarse en 12 compañías de 250 efectivos. El mando supremo de un Tercio lo ostentaba un Maestre de Campo que era auxiliado, principalmente en misiones de administración y orden interior, por un sargento mayor. Además, cada Compañía era dirigida por un capitán. Tanto el maestre como el capitán eran cargos provistos directamente por Su Majestad.  Los capitanes reclutaban personalmente sus unidades y elegían a su alférez, quien era el oficial encargado de llevar en el combate la Bandera de la Compañía, puesto de gran honor y responsabilidad pues de él dependía la Honra de la Compañía. Cada alférez era asistido por un sota-alférez, encargado de llevar la Enseña cuando no se luchase. Un sargento era el responsable de la disciplina y 10 cabos dirigían sobre el campo a 30 soldados. El barrachel (Preboste), vigilaba la moral de la tropa, la limpieza del campamento y combatía la deserción. Como auxiliar de servicio estaba el oficial de intendencia (Furriel). Por otro lado, cada Tercio tenía médico, cirujano y boticario, y cada Compañía un barbero para los primeros auxilios médicos. El hospital del Tercio se costeaba descontando de sus haberes a cada soldado la llamada ‘Real de Limosna’. Asimismo, había en cada Compañía un capellán que impartía misa y administraba la extremaunción, trabajo arduo tras una batalla. En 1587, los jesuitas fueron oficialmente encargados de proveer los capellanes de los Tercios. La Fe católica era un pilar primordial en la cosmovisión de los soldados españoles y una parte esencial de su moral frente a la misma muerte.

II Tercio de Asturias. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau Nieto.

La recluta de los soldados del Tercio la realizaba cada capitán amparado por una patente llamada ‘conducta’, otorgada personalmente por el Rey, que le permitía alzar banderín de enganche en una concreta circunscripción territorial. Los voluntarios que se alistaban constituían un multiforme conjunto social que abarcaba campesinos hartos de su vida y de la ingratitud de la tierra, pícaros que huían de la justicia, aventureros en busca de gloria y fortuna o hidalgos arruinados y segundones nobles que no tenían más salida honrosa que la milicia. Aunque el límite mínimo de edad de compromiso era de veinte años, las fuentes acreditan que los aspirantes ya se incorporaban desde los catorce. El enganche era por tiempo indefinido, hasta recibir licencia previamente solicitada. El juramento de lealtad era innecesario por ser implícito del Honor de un Español. El primer sueldo se cobraba por adelantado para que el soldado adquiriese el equipo necesario para su incorporación a filas. Las demás pagas o soldadas siempre habrían de ser inciertas, tardías o jamás llegaban.

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Los soldados bisoños (término que deriva del italiano fa bisogno, que viene a significar ‘se necesita’) eran adiestrados sobre la marcha en la propia unidad, pues no existía el concepto de campo de instrucción. Esta formación era impartida por sus sargentos y cabos. Además, para su completa adaptación al conjunto, los reclutas se amalgamaban con ‘Soldados Viejos’, por lo que eran distribuidos entre distintas agrupaciones para que aprendiesen de sus veteranos. De hecho, era común la congregación natural de cuatro o cinco soldados unidos por lazos de afinidad y fraternidad que acrisolaba las fuerzas y exacerbaba la moral en combate. Así, sus miembros se llamaban Camaradas (por compartir camareta en cuarteles o fortificaciones) o Compañeros (dado que en campaña conllevaban la misma tienda o paño).

El Tercio clásico estaba integrado por piqueros, arcabuceros y mosqueteros que componían la formación principal, apoyada por una dotación de artillería. Los Tercios presentaban batalla agrupando a los piqueros en su centro, quedando flanqueados por los arcabuceros. Algunos de estos tiradores se distribuían en las llamadas ‘mangas’, grupos de escaramuzadores que hostigaban al enemigo separados de los flancos del escuadrón a prudente distancia, para no perder la oportunidad de incorporarse al mismo en el momento oportuno. La doctrina militar establecida por los tratadistas de la época instituía que debían oponerse picas a caballos, castigar a los piqueros con arcabucería y hostigar a los arcabuceros enemigos con caballería.

Cuando dos formaciones enemigas se enfrentaban primero actuaba la artillería sobre la formación enemiga. Las balas rasas abrían brechas completas entre las líneas de los escuadrones que volvían a rellenarse pues los disciplinados soldados cubrían cada hueco abierto al caer sus camaradas manteniendo el orden y la estructura de la formación. A esta labor de desgaste contribuían los mosqueteros que realizaban un nutrido fuego más o menos continuo. Cuando los escuadrones, que se habían ido aproximando entre sí al acompasado ritmo de pífanos y tambores,  estaban a una distancia en la que los oponentes podían verse las caras, los arcabuceros disparaban casi a bocajarro para intentar desorganizar la formación enemiga. En el momento del choque, las picas se entrecruzaban, pugnando las dos unidades por mantener su formación y desbaratar la contraria. Esta situación de combate llegaba a producir muchas bajas, incrementadas por los escaramuzadores que se deslizaban bajo el bosque de picas para acuchillar los vientres y piernas de las primeras líneas enemigas sembrando entre ellas la confusión. El final del combate era determinado por el temple, la resistencia y la capacidad de lucha y sacrificio del combatiente. Así, los Tercios se configuraron como la más terrible, honorable, disciplinada y resolutiva fuerza de los campos de batalla.

Caballería de los Tercios. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau Nieto.

En efecto, los Tercios mantuvieron un alto grado de eficacia y operatividad, y su aportación militar en Europa proporcionó muchas importantes victorias, incluso en su periodo de decadencia, siendo muy numerosos los ejemplos que podrían citarse. Sí que es cierto que la desaparición, causada por la mortalidad de los combates, del núcleo de Veteranos, los ‘Soldados Viejos’, en torno al cual se había configurado el Ejército de Flandes durante décadas, fue un golpe muy duro para la estructura militar de la Monarquía Hispánica. A pesar de ello los Ejércitos de las Españas conservaron una enorme capacidad bélica para defender sus territorios. El real punto de inflexión que determinó la progresiva decadencia de estas unidades militares, deberemos remitirnos a la Batalla de las Dunas de Dunkerque (14 de junio de 1658), donde los ejércitos españoles fueron derrotados por las fuerzas anglo-francesas.  La misma, no sólo propició la firma de la Paz de los Pirineos, que dio fin definitivo a la Guerra de los Treinta Años, sino que estableció las bases de un drástico cambio de la táctica y el armamento que había de transformar la fisonomía de los campos de batalla por motivo de la artillería y el nuevo armamento ya más moderno. Mención especial requiere la Jornada de Rocroi (19 de mayo de 1643) en la que, a pesar de la heroica derrota sufrida por los españoles, la caballería reafirmaba su papel como elemento decisivo en el campo de batalla.

Con el cambio dinástico y la llegada al trono de la Casa Borbón, las Reales Órdenes de Felipe V de 1701 y 1702 modificaron la estructura de los Tercios. El cambio de la fisonomía de la guerra impuesto por la mejora de las armas de fuego, de la artillería y la aparición de la bayoneta, determinó finalmente que en la reforma de Felipe V del 28 de septiembre de 1704 los Tercios fueran disueltos para convertirse en Regimientos, según el modelo militar francés.

BIBLIOGRAFÍA:

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-Quatrefages, R.: “Génesis de la España Militar Moderna”. En Revista de Historia Militar Nº 7. Servicio de publicaciones U.C.M. Madrid, 1996.

-Thomas, H.: El Imperio Español. Planeta. Barcelona, 2004.