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Estatua del teniente general de la Armada Blas de Lezo en la plaza de Colón en Madrid. Por Salvador Amaya.

Héroe invicto a lo largo de décadas de intachable servicio, Blas de Lezo es uno de los más importantes prohombres de la marina española y mundial, con un currículum solamente superado por genios de la talla de Don Álvaro de Bazán. Es la más viva representación de esos bravos españoles del siglo de la Ilustración que consiguieron prolongar la supremacía global española durante un siglo a pesar del progresivo y constante avance inglés, cada vez más ávido de poder y riqueza, y del lento declive del Imperio. Fue, de hecho, contra este enemigo con quien consiguió que su nombre y su historia trascendieran al ámbito de la leyenda.

Los siete mares no han conocido un marino más intrépido que Blas de Lezo y Olavarrieta. Su historia, llena de heroicidades, valentía, lealtad y bravuconería llena tantos episodios de hazañas que ni el propio Sandokán de Salgari ni Lord Jim de Conrad podrían llegar a alcanzar. Nacido por y para la mar, que le venía en la sangre, sentía tal atracción hacia la lucha y la guerra que, desde principio a fin, toda su vida fue una completa batalla. Nacido en Pasajes, Guipúzcoa (febrero de 1689), tenía solo 12 años cuando embarcó por primera vez como guardiamarina en un buque de guerra de la marina francesa. Su prematura edad no era extraña en una sociedad cuya esperanza de vida rondaba los 30 años. Por entonces, en plena Guerra de Sucesión, la marina española no existía, por lo que los hombres que apoyaban al candidato francés se formaban en la Real Academia Naval francesa.

Después de la muerte sin descendencia del último Habsburgo español en 1700, estalla la Guerra de Sucesión por el trono entre Felipe de Anjou, apoyado por Francia y mayoritariamente en Castilla, contra el Archiduque Carlos, apoyado por Austria y mayoritariamente en Aragón. Temerosa de la creación de una superpotencia entre Francia y España, Inglaterra pronto intervino en la guerra a favor del bando austracista, aunque cuando el Archiduque Carlos heredó el trono de Austria, se acabarían retirando. La primera guerra civil española se extendería hasta 1714 con la capitulación final de Barcelona.

A Blas de Lezo le tocó en suerte luchar en el bando borbónico. Tras educarse en los colegios franceses salió del país como guardiamarina en 1701, embarcado en la escuadra francesa que en la práctica había absorbido a la calamitosa marina española, gracias a un programa ideado por Luis XIV para favorecer el intercambio entre los dos ejércitos y armadas en pos de una mayor cercanía entre ambos reinos.

Recibió su bautismo de fuego a los 15 años, en 1704, en la batalla de Vélez-Málaga, el mayor y último combate naval de la guerra entre la escuadra franco-española contra una alianza anglo-holandesa. La batalla acabó en un empate táctico, viéndose obligadas ambas escuadras a retroceder por el daño sufrido. No es necesario señalar que ambos bloques se autoproclamaron como justos vencedores del entuerto. Sin embargo, la batalla le valdría a Lezo el comienzo de una leyenda pagada en carne. Mientras se aseguraba que su artillería no parara de vomitar fuego y muerte, una bala de cañón enemiga mutiló su pierna izquierda, teniendo que ser amputada al momento sin analgesia ni anestesia. Ni una queja salió de su boca, permaneciendo firme y seguro en su puesto, sin cesar de cumplir con su deber.

Su bravura fue justamente premiada con el ascenso a alférez a la par que se le ofrecía el puesto de asistente de cámara de la Corte de Felipe V. Evidentemente necesitaba de una larga recuperación antes de retornar a la mar, pero rechazó estar en la Corte y los privilegios que conllevaba para dedicarse a estudiar las artes marineras que le ayudarían a convertirse en un gran almirante. Un par de años después, en el sitio del castillo de Santa Catalina de Tolón, un trozo de metralla le alcanzó el ojo izquierdo dejándole fulminantemente tuerto. Esto no impidió, por supuesto, que continuara patrullando el Mediterráneo, apresando barcos ingleses y realizando valientes maniobras con una temeridad de héroe.

Volvió a coronarse de gloria en Rochefort, donde rindió una docena de barcos enemigos no menores de 20 piezas. Su botín más honroso fue el Stanhope, un barco insignia de la marina inglesa de 70 cañones. Tras un cañoneo mutuo entre ambas fuerzas, las maniobras de Lezo dejaron al barco enemigo a distancia de abordaje, momento en que ordenó lanzar los garfios para llevarlo a cabo, permitiendo a la tropa española buscar el cuerpo a cuerpo contra un contingente que lo triplicaba en fuerzas pero que no tardo en ondear la bandera blanca. El abordaje de los españoles, por su saña y tenacidad, era una maniobra ofensiva que los anglosajones temían particularmente. Era habitual que navíos españoles, de este modo, lograsen apresar otros con mucha mayor dotación y porte. Los ingleses por esta época aún seguían implorando a San Jorge para encontrarse a los españoles a distancias seguras de cañón y, preferiblemente, en muy alta mar. Blas de Lezo se cubrió de gloria tras el enfrentamiento, en el que volvió a ser herido, siendo ascendido a capitán de fragata.

Fragata de Blas de Lezo remolcando el buque británico Stanhope.

El 11 de septiembre de 1714, en el segundo sitio de Barcelona, mientras al mando de su flota bombardeaba la última ciudad austracista de España, una bala de mosquete le alcanzó en el brazo derecho y completó el singular perfil de su desmedida figura. Tras el sitio, con solo 25 años, se había ganado una reputación de coloso de los mares y el alias de Mediohombre porque ya era cojo, tuerto y manco. Sin embargo, su malogrado cuerpo contenía un alma blindada por la valentía, el coraje y la lealtad a su rey y patria.

En 1723 fue puesto al mando de la escuadra de los Mares del Sur con la misión de limpiar de corsarios, piratas y contrabandistas las costas del Pacífico. Allí, además de dejar el mar más seguro de todos los océanos, le dio tiempo a enamorarse en Lima de Josefa Pacheco y de enfrentarse a los gobernadores de la zona por la falta de manutención para la armada. Más tarde, de vuelta al Mediterráneo, fue enviado a Génova para reclamar dos millones de pesos que la Real Hacienda tenía depositados en la ciudad. Génova, ciudad de banqueros, siempre había mantenido buenas relaciones con la corona hispánica, que en los últimos tiempos se habían visto enturbiadas, por lo que la Casa Real decidió retirar los caudales que allí mantenía y destinarlos a subvencionar una nueva escuadra destinada a conquistar diferentes plazas en la costa norte de África.

La negativa animosidad se hizo notar desde el comienzo, cuando a la entrada de la Armada Real al puerto de Génova no se dispararon las tradicionales salvas en honor al Rey de España. Cansado de ultrajes y dilaciones, Lezo recibió una delegación del Senado de la ciudad a la que dio un ultimátum. Dándole la vuelta a un gran reloj de arena prometió a los plenipotenciarios genoveses que, si cuando cayese el último grano no estaba embarcado lo demandado, comenzaría a bombardear la ciudad. Regresó a España con las bodegas llenas de oro.

Una vez determinó aniquilar a la nave capitana de Argel, un buque corsario de 60 cañones que estaba haciendo estragos en las posiciones españolas del Mediterráneo. Lo encontró y empezó a batirlo, pero los argelinos consiguieron huir y refugiarse en la ensenada de Mostagán. Defendida por dos castillos a la entrada y por una fuerza de 4.000 hombres, se creían seguros de la persecución de Lezo. Nada de esto arrendó al marino. A pesar de los disparos desde los castillos y de los de la tropa entró hasta el fondo de la bahía y prendió fuego a la tan bien protegida capitana. Tamaño acto de intrepidez alarmó tanto a los argelinos que les hizo pedir socorro directamente a la Sublime Puerta.

Nuestro Simbad particular ya se tenía bien ganada la gloria, pero regaló a la Historia, y a España, su mayor gesta a la edad de 52 años durante la conocida guerra de “la oreja de Jenkins (1739-1748) entre España e Inglaterra, durante el famoso sitio de Cartagena de Indias, en 1741, que acabaría marcando el desenlace de la guerra.

Para los británicos era una prioridad disponer de plazas fuertes en tierra firme en el Golfo de México y el Mar Caribe, donde ya disponían de algunas islas, siendo Jamaica la principal de ellas. El poderío español, a escala europea, llevaba 70 años en claro declive, por lo que Gran Bretaña no estaba dispuesta a seguir aceptando unas condiciones comerciales tan desventajosas para ellos. El contrabando, y el corso, financiado por la corona británica, era constante y no eran extrañas las intentonas militares británicas de poner pie en ciudades o puertos poco defendidos, siendo su estancia hasta el momento siempre momentánea pues los territorios volvían rápidamente a ser reconquistados por los españoles.

Ansiosos de poner sus manos sobre los tesoros americanos españoles y disgustados por el monopolio comercial español, fue precisamente uno de los problemas de contrabando, ocurrido en 1738 frente a las costas de Florida, el utilizado por la pérfida Albión como pretexto para tratar, una vez más, de arrebatar a España sus posesiones ultramarinas. El incidente se produjo cuando un guardacostas español apresó a un contrabandista hijo de la Gran Bretaña, Robert Jenkins, y, en castigo, le cortó una oreja al tiempo que le decía: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. A pesar de que el castigo fue moderado dadas las costumbres de la época, Jenkins recogió su oreja y regresó con ella a Inglaterra.

No hay ninguna evidencia empírica de que Jenkins compareciera en el Parlamento británico ante el Rey, pero el hecho fue utilizado para soliviantar a la población a favor de la guerra. Lo único cierto es que, antes incluso de la declaración de hostilidades, había partido de Londres una flota de guerra comandada por el almirante Edward Vernon. Ya desde Jamaica, reforzado por las colonias británicas de Norteamérica, se lanzó a conquistar las principales plazas españolas en la zona. Portobelo, una de las plazas más importantes y defendida por un escaso contingente de 700 hombres, cayó casi sin presentar resistencia ante el arrollador poder británico, lo que le valió a Vernon una recepción triunfal en Londres.

Retrato de Edward Vernon. Por Thomas Gainsborough.

Esta táctica fue bastante utilizada por los ingleses, quienes despachaban flotas, a veces hasta con años de duración, con órdenes de atacar determinados objetivos en una fecha prefijada. Cuando la fecha se acercaba el Gobierno inglés se las arreglaba para encontrar un casus belli justificado para declararle la guerra a la nación objetivo, por lo que las acciones de sus escuadras se desencadenaban brutalmente por todo el globo según lo previamente acordado y permitía a Inglaterra escudarse en acciones en contexto de guerra ante los ojos del mundo. En contrapartida, los Imperios o reinos objetivos se veían azotados súbitamente desde múltiples direcciones sin tiempo de preparar una defensa coherente y sin poder dar aviso a los territorios más alejados de la capital.

Tras el importante triunfo inicial, Vernon, envuelto en un clima de euforia y azuzado por la opinión pública británica y por las incendiarias proclamas del joven parlamentario William Pitt, decidió dar un golpe decisivo al poder español en América. De vuelta a Jamaica, se puso al frente de una escuadra de impresionantes dimensiones: 186 buques, 27.000 hombres, 16.000 marinos y artilleros y más de 2.000 cañones. Para que nos hagamos una idea, nuestra mal llamada “Armada Invencible”, poseyó tan solo 129 barcos y 30.000 hombres.

Frente a esa fuerza colosal, Blas de Lezo solo disponía de 6 barcos y alrededor de 3.000 hombres, pero esto no amilanaba a nuestro marino ni al nuevo Virrey, Sebastián de Eslava, militar de prestigio que había acudido a la ciudad para intentar socorrerla. En una carta de 1739 que Vernon envía a Lezo para vanagloriarse de su victoria, este, en un tono seco, arrogante y desafiante, le responde espetándole: “Puedo asegurarle a Vuestra Excelencia qué si yo me hubiera hallado en Portobelo se lo habría impedido y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, habría ido también a buscarlo a cualquier otra parte, persuadiéndome de que el ánimo que faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía”.

La gran armada de Vernon, que al contrario que la nuestra sí que llegó a destino, fue avistada el 13 de marzo de 1741 dispuesta a rendir Cartagena de Indias, la ciudad más importante del Caribe, donde recalaban todas las mercancías del comercio entre España y las indias incluyendo los tesoros extraídos de las minas del Potosí y el Perú. Antes de desembarcar, Vernon se encargó de silenciar las fortalezas de Chamba, San Felipe y Santiago. Más tarde, se dispuso a cañonear la fortaleza de San Luis de Bocachica día y noche durante 16 días obligando a los españoles a retirarse de todas las plazas. Tras esta fortaleza solo quedaba Bocagrande como entrada a la bahía. En la primera fortaleza se destruyeron cuatro barcos para impedir la navegación del estrecho canal y, en la segunda, dos barcos, en contra de la opinión de Lezo. El bloqueo del canal no sirvió para mucho, como bien había predicho el almirante.

Británicos atacan Cartagena de Indias. Por Luis Fernández Gordillo.

Después de la entrada triunfal de Vernon en la bahía, los españoles se atrincheraron en la fortaleza de San Felipe tras abandonar Bocagrande. El almirante inglés, creyendo que la victoria era cuestión de tiempo ante la enorme disparidad de fuerzas, jactanciosamente despachó un correo a Londres dando la noticia de la victoria de antemano. Seguidamente, ordenó un incesante cañoneo contra las posiciones españolas por mar y tierra para ablandar a las fuerzas guarnecidas en la fortaleza. A Lezo, en esos momentos, solo le restaban unos 600 hombres. En un intento de flanquear las defensas de la fortaleza y atacar desde todos los frentes, Vernon decide rodear la fortaleza y atacar por su retaguardia ordenando para tal fin a un nutrido contingente de tropas que se adentrasen en la selva.

Aquel fue el primero de los grandes errores de los británicos. En la selva, los hombres, poco acostumbrados a andar por aquellos lares, empezaron a contraer la malaria que, al expandirse, acabó diezmando a todo el ejército. A pesar de los contratiempos, la mayor parte de las tropas consiguieron arribar hasta las puertas de la fortaleza donde, a una orden de Vernon, emprendieron el asalto del fuerte. La entrada era una estrecha rampa que Lezo rápidamente mandó taponar con 300 de sus mejores hombres, armados tan solo con armas blancas. Estos, contra todo pronóstico, lograron contener el ataque y ocasionar hasta 1.500 bajas a los asaltantes.

La moral de los británicos tras las derrotas y las epidemias que continuaban causando bajas estaba por los suelos. Vernon, cada vez más nervioso por la resistencia a ultranza de los españoles, pensando en las fanfarronadas que ya había hecho llegar a Inglaterra, discutió acaloradamente el plan a seguir. En esa coyuntura, dos supuestos desertores españoles, enviados por el mismo Lezo, consiguieron convencer a Vernon del pésimo estado de la guarnición. Siguiendo el consejo de los espías, en la noche del 19 de abril los británicos marcharon al castillo con solo un fusil por cada cinco hombres y sin explosivos, creyendo que la conquista del fuerte sería tarea fácil. Pero habían caído en una trampa.

Blas de Lezo había ordenado cavar un foso en torno a la muralla, por lo que las escalas de los asaltantes se quedaron cortas para superar el foso y la muralla, quedando, sin armas de fuego y desprovistos de cobertura, a merced de los españoles. Estos continuaron con su nutrido fuego, lo que provocó una gran masacre en las filas invasoras. A la mañana siguiente, 20 de abril, la vista era desoladora ante los innumerables cadáveres, heridos y mutilados que ponían de manifiesto la enormidad de la derrota británica. Los españoles aprovecharon para salir del fuerte y cargar a bayoneta, obligando a los ingleses, tras perder otros cientos de hombres, a retirarse a los barcos dejando atrás armas y pertrechos.  Como recogió Smollet: “(Las tropas) contemplaron los cuerpos desnudos de sus compañeros soldados y camaradas flotando arriba y abajo en el puerto, proveyendo de presas a los carroñeros cuervos y tiburones, que los hacían pedazos sin interrupción, y contribuían con su hedor a la mortalidad que prevalecía. Cuando Vernon ordenó un nuevo ataque estalló un motín que se saldó con 50 fusilamientos. Finalmente, el Alto Mando inglés ordenaría la retirada de forma lenta y sin cesar de cañonear. Las últimas naves partieron el 20 de mayo, dejando atrás cinco de ellas en llamas por la falta de tripulación.

Las pérdidas británicas fueron graves. Entre 8.000 y 10.000 muertos y unos 7.500 heridos, muchos de los cuales sucumbieron en el trayecto a Jamaica. Por si fuera poco, en Cartagena se había perdido la flor y nata de la oficialidad imperial británica además de 1.500 cañones, 6 barcos y una veintena que resultaron severamente dañados. Esto supuso un duro revés para la flota de guerra inglesa, lo que obligó al Gobierno británico a concentrar sus fuerzas en la defensa de la Isla, el Atlántico septentrional y el Mediterráneo, desechando nuevas campañas en las colonias españolas americanas.

Mientras la lucha proseguía, en la Isla, alentados por las primeras cartas de Vernon, se celebraba la victoria sin conocerse aún el desastroso final. Incluso llegaron a acuñar hasta once tipos diferentes de medallas y monedas conmemorativas ensalzando la toma de Cartagena y humillando a España. La más conocida mostraba a un Lezo arrodillado ante Vernon, entregándole su espada y sobre la inscripción “El orgullo español humillado por Vernon”. Estas monedas llegaron a circular por España para burla y gracia de los nuestros.

En su conjunto, la guerra acabó por definirse en una suerte de tablas. Aunque al fracaso de Cartagena de Indias se sumaron varias derrotas cuando los británicos trataron de tomar San Agustín (Florida), la Guaria y Puerto Cabello (Venezuela) y Guantánamo y La Habana (Cuba), el contraataque español en la batalla de Bloody Marsh, en Georgia, pudo ser repelido y por ello los combates finalizaron sin cambios fronterizos en América. Los españoles consiguieron, una vez más, conservar de milagro o, más exactamente, por las agallas de un solo hombre, de un vasco imbatible acostumbrado en convertir en oficio el logro de lo imposible, las plazas americanas durante 70 años más.

Para el Reino Unido, las consecuencias a medio plazo fueron bastante graves. Gracias a esa victoria sobre los ingleses, España pudo mantener unos territorios y una red de instalaciones militares en el Caribe que serían magistralmente utilizados por el teniente coronel Bernardo de Gálvez para jugar un papel determinante en la independencia de las colonias británicas de Norteamérica. Guerra, por cierto, capitaneada por George Washington, hermano de uno de los oficiales de Vernon, Lawrence Washington.

Ilustración de Reha Sakar.

A Lezo no le salió gratis su última victoria. El 7 de septiembre, a las ocho de la mañana, en un jergón de un hospital de Cartagena de Indias, a consecuencia de sus nuevas heridas, abandonaba este mundo para ir en busca del siguiente el marino más intrépido de los siete mares, aquél que había evitado a España la pérdida del Imperio y que hoy en el subcontinente americano se hablase inglés en vez de castellano. El maltrecho cuerpo del lobo de mar, que tanta gloria había dado a España, fue enterrado en algún lugar ignoto y sin honores, pronto olvidado por el país por el que tanto había dado.

Valiente, honorable, perfecto estratega… son los adjetivos que usualmente son aplicados al almirante Nelson, cuyo nombre aún resuena en Gran Bretaña. Sin embargo, también son características de las que pudo presumir Blas de Lezo. Pero los ingleses, que crearon como nadie su propia historia, también inventaron la de los demás. A Vernon le levantaron un monumento en la Abadía de Westminster donde, todavía hoy, en un brillante ejercicio de inventiva, puede leerse que “en Cartagena conquistó la victoria hasta el punto en que la fuerza naval puede llegar”. O sea, que no conquistó nada. Con el tiempo, siguiendo el habitual procedimiento británico de borrar los tropiezos y novelar los éxitos, y con nuestro más habitual afán de no enorgullecernos de lo que nos hace grandes, nuestro Leónidas particular cayó irremediablemente en el olvido junto a las muchas hazañas que nos dejó, durante siglos, nuestro viejo y gran Imperio.

Puede ser un héroe tanto el que triunfa como el que sucumbe, pero Lezo siempre triunfó sin dar la espalda jamás a un combate, por ardua que la empresa pudiera parecer.

 

 

 

 

 

Bibliografía.

Documentos RNE, Blas de Lezo, un marino demediado en la defensa del Imperio contra los ingleses.

Blas de Lezo y Olavarrieta, Histocast.

Pasajes de la historia, “Blas de Lezo”, Juan Antonio Cebrián.

Mediohombre: la batalla que Inglaterra ocultó al mundo, Alber Vázquez.