En octubre del año 732 (otras fuentes hablan del 733 o 734), un contingente franco bajo el mando de Carlos Martel y el duque Odón de Aquitania, logró frenar al ejército omeya comandado por el valí Abderramán ibn Abd Allah al-Gafiqi en las inmediaciones de Tours-Poitiers. La importancia de este enfrentamiento ha sido magnificada por la historiografía tradicional desde hace siglos, siendo a menudo catalogada como la batalla más importante de todos los tiempos.

Óleo del siglo XIX por Charles de Steuben

Antecedentes

A principios del siglo VII, la aparición de una nueva religión llamada islam en las inclementes tierras de Arabia iba a cambiar para siempre el curso de la historia. A la muerte del profeta Mahoma en el año 632, ya se había expandido por buena parte de la península arábiga, incluidas las ciudades santas de la Meca y Medina. Pero esto tan solo significaba el comienzo de lo que estaba todavía por venir. Los sucesores de Mahoma (los califas Rashidun Abu Bakr, Úmar, Utmán y Alí) continuaron la estela conquistadora hacia el resto de Arabia, Egipto y Persia. En el año 661, la familia omeya se hizo con el poder tras el asesinato del último califa Rashidun Alí, yerno y primo de Mahoma. La capital del nuevo califato se trasladó a la ciudad de Damasco. Después de un intento fallido por hacerse con Constantinopla (capital del Imperio bizantino) entre los años 674-678, los esfuerzos se centraron en la conquista del norte de África. Este territorio habitado por tribus bereberes bajo dominio de los bizantinos, opuso cierta resistencia que fue finalmente doblegada. Al otro lado del estrecho de Gibraltar, se hallaba un nuevo y rico continente a ojos de los triunfantes conquistadores: Europa.

Antes de la llegada de los musulmanes, la monarquía visigoda que gobernaba la península ibérica se hallaba en una situación especialmente delicada. Las intempestivas luchas por el poder después de la muerte del rey Witiza en 710, trajeron la división de la nobleza en dos grupos: por un lado los que apoyaron al duque Rodrigo y por otro, los que secundaron a Agila II. El rey Rodrigo controlaba la mayor parte del reino visigodo de Toledo mientras que Agila dominaba los territorios de la Tarraconensis y la Narbocense. En esas estaban cuando en el año 711, un contingente musulmán al mando de Tariq desembarcó en la península. Rodrigo partió precipitadamente desde Pamplona para hacer frente a esta inesperada amenaza llevándose consigo a los miembros de la facción witiziana, sin sospechar que estos ya habían pactado previamente con los invasores. Desconocedor de esta traición, Rodrigo se enfrentó a Tariq en la batalla del río Guadalete. En pleno combate, los flancos del ejército cristiano en manos de los witizianos huyeron en desbandada. Este hecho provocó la caída del rey godo y la posterior desintegración de su reino. Ni Agila II ni su sucesor Ardón pudieron hacer nada por frenar a estos visitantes. La rápida conquista musulmana se debió entre otros motivos, a los pactos de la población autóctona con los nuevos pobladores para mantener sus posesiones y a su hartazgo por las constantes luchas que había protagonizado la nobleza visigoda. La nueva adquisición pasó a denominarse al-Ándalus.

Expansión del islam en los siglos VII y VIII

Una vez sometida la península ibérica, el califa de Damasco puso sus ojos más allá de los Pirineos, concretamente en el reino de los francos. Por ello, se iniciaron nuevas incursiones por este territorio tras la conquista de Narbona, localizada en la Septimania, último dominio de los visigodos. La decadente dinastía merovingia reinante en el territorio de la actual Francia, había dejado sus importantes asuntos en manos de los mayordomos de palacio. El más poderoso de todos ellos era Carlos Martel, quien aprovechó su puesto para ir ganando poder e influencia. Cuando el califato omeya se hallaba a las puertas del reino de los francos, ya era el imperio más grande hasta entonces conocido, extendido desde la península ibérica hasta las tierras del río Indo. El territorio de la antigua Galia era la siguiente pieza a batir en el tablero geopolítico.

En el 721, la ciudad de Tolosa (Aquitania) sufrió un terrible asedio a manos de los musulmanes. No obstante, la pronta actuación del duque Odón de Aquitania puso salvar la ciudad. Ante la posibilidad de nuevos ataques, Odón decidió pactar con el gobernador de la Cerdaña, Uthmán ibn Abi Nessa (también conocido como Munuza). Fue entonces cuando el duque aquitano se autoproclamó ‘princeps de Aquitania‘, lo que no fue del agrado de Carlos Martel quien buscaba tomar el control de todo el territorio franco. Por otro lado, el valí Abderramán ibn Abd Allah al-Gafiqi se enfrentó a su vasallo Munuza haciéndole pagar por esta traición. Como castigo, su cabeza fue enviada a Damasco. Ya nada se interponía entre francos y musulmanes. La batalla decisiva en la que se iba a decidir el destino de la cristiandad estaba a punto de comenzar.

Preparativos

Hacia el año 732, un gran ejército musulmán formado por árabes, bereberes, persas, turcos y egipcios se dirigió a la región de Aquitania desde Pamplona. El duque Odón reaccionó tarde a esta amenaza pues pensaba que el principal ataque provendría de la región de la Septimania. Todavía enfrentado con las tropas de Carlos Martel, Odón tuvo que partir apresuradamente hacia el sur para hacer frente al contingente musulmán. A pesar de sus esfuerzos, el ejército cristiano sucumbió en la batalla del río Garona. Como resultado de esta derrota, la ciudad de Burdeos fue salvajemente ocupada y saqueada. El próximo botín era la abadía de San Martín de Tours, situada en el mismo corazón del reino de los francos. Dicha abadía poseía un gran valor simbólico para la dinastía merovingia, pues allí mismo había sido aclamado como cónsul Clodoveo I tras su victoria en la batalla de Vouillé en el año 507. Odón de Aquitania se dio cuenta que necesitaba la ayuda de su antiguo enemigo Carlos si no quería ser testigo de cómo sus dominios eran arrasados por los ejércitos musulmanes. Tanto Carlos Martel como Odón decidieron aparcar por un momento sus diferencias para unir sus fuerzas en defensa última de la cristiandad, amenazada como nunca antes se había visto.

Estatua de Carlos Martel

Desarrollo de la batalla

En el mes de octubre, las tropas omeyas avanzaban imparables hacia Tours. Las fuerzas conjuntas de Carlos y Odón se hallaban dispuestas para el combate. El encarnizado encuentro entre los dos bandos se prolongaría durante siete largos días. Debido a la superioridad numérica del enemigo, el ejército franco apostó por una campaña de acoso y repliegue antes de elegir el sitio idóneo para la batalla definitiva. En el sexto día, Carlos Martel divisó la meseta de Moussais-la-Bataille a través de la cual se pretendía contrarrestar el avance de la infantería omeya mediante una sólida muralla de escudos (el llamado ‘muro de hielo’) desplegada en las laderas. Esta táctica demostró sumamente ser efectiva pues para desgracia de al-Gafiqi, permitió repeler los ataques omeyas una y otra vez.

En el seno de las tropas bereberes cundió la falsa noticia de que los francos estaban intentando hacerse con el botín que habían acumulado en Burdeos. Por esta razón, decidieron retroceder hasta su campamento para defender sus codiciadas riquezas. Esta acción suicida supuso su sentencia en plena batalla. Con el fin de aprovechar este momento de debilidad, las fuerzas de Odón realizaron una carga crucial contra el grueso del ejército enemigo. El caos se apoderó de las desconcertadas tropas bereberes que trataban de defender su campamento. Las tropas de Carlos Martel, que se habían mantenido en la reserva, hicieron su aparición para dar la estocada final. Al-Gafiqi murió atravesado por una flecha o jabalina cuando trataba inútilmente de poner orden en sus filas. La cristiandad se había impuesto contundentemente frente al imparable avance del islam.

Batalla de Poitiers

Consecuencias

La batalla de Poitiers ha sido objeto de análisis por parte de sucesivas generaciones de historiadores. Uno de ellos es el británico Edward Gibbon, quien se atrevió a afirmar lo siguiente sobre un hipotético triunfo musulmán: «Una marcha victoriosa se había extendido mil millas desde el peñón de Gibraltar hasta las orillas del Loira; la repetición de un espacio igual hubiera llevado a los sarracenos a los confines de Polonia y a las Tierras Altas de Escocia; el Rin no era más infranqueable que el Nilo o el Éufrates, y la flota musulmana podría haber navegado sin una batalla naval hasta las bocas del Támesis». No obstante, estas grandilocuentes palabras se han puesto en entredicho en tiempos más recientes. Esto se debe a que, a pesar del triunfo cristiano en Tours-Poitiers, se sucedieron nuevas incursiones musulmanas en el territorio de los francos y Narbona todavía permaneció bajo su control por varias décadas. Estos autores consideran que el cese de la política expansionista del califato se debió más a factores internos que a externos. A pesar de su inigualable extensión sobre casi todo el orbe conocido, el califato omeya ya empezaba a mostrar claras fisuras entre sus numerosos integrantes. Los bereberes, hartos de ser tratados de forma discriminatoria frente a los árabes, encabezaron una revuelta en el seno de al-Ándalus en el 741 que ocasionó una grave crisis.

Por otra parte, la victoria sobre el ejército omeya permitió a Carlos Martel engrandecer su leyenda. El apelativo ‘Martel’ (martillo) le fue añadido en honor a sus gestas militares, pues ahora se le consideraba como el gran salvador de la civilización cristiana a ojos del papado. Es curioso como el papel ejercido por el duque Odón de Aquitania, clave en la victoria final, ha sido silenciado frente a la actuación de Carlos Martel. Lo que sí es seguro es que el triunfo en Tours-Poitiers permitió consumar de forma definitiva la rebelión palaciega contra Childerico III (último rey merovingio) en manos de Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel. Se había inaugurado la dinastía carolingia. Pipino se encargó de conquistar los últimos vestigios musulmanes al norte de los Pirineos con la toma de Narbona en el año 759. Décadas más tarde el hijo de Pipino, Carlomagno, fue coronado emperador en Roma por el papa León III el día de navidad del año 800. De esta manera, el papado se aseguraba la posesión de un brazo armado para actuar contra las amenazas que todavía se cernían sobre el Occidente cristiano. Tras una larga travesía ocasionada por la caída del Imperio romano de Occidente, un nuevo poder había resurgido de las entrañas de Europa en un intento por recuperar la autoridad de los antiguos emperadores romanos. Sin embargo, la dinastía carolingia pronto dejó paso a otros protagonistas. Para el año 962, el centro de poder de la cristiandad se trasladó al Sacro Imperio Romano Germánico bajo el mando de Otón I.

Bibliografía:

Chica S., J. (2019). ‘Imperios y bárbaros: la guerra en la edad oscura’. Despertaferro Ediciones. Madrid.

Chica S., J. (2020). La batalla de Poitiers. El viento de tempestad contra el muro de hielo. Despertaferro Ediciones. Universidad de Granada. 

Grant, G. R. (2017). 1001 batallas que cambiaron el curso de la Historia. Penguin Random House Grupo Editorial S.A.U, Barcelona.

Medici, de A. (2020). Poitiers. ¿La batalla decisiva de la Cristiandad?. Historia National Geographic. 

Reche, A. (2020). El gran triunfo de Carlos Martel. La batalla de Poitiers. Historia National Geographic.