Según Francisco López de Gomara, después de la batalla de Otumba “no ha habido más notable hazaña ni victoria de Indias desde que se descubrieron, y cuantos españoles vieron pelear ese día a Hernán Cortés afirman que nunca hombre alguno peleó como él ni acaudilló así a los suyos, y que él solo por su persona los libró a todos”. En su quinto centenario, vamos a profundizar en esta batalla que marcó un antes y un después en la conquista de México.

Maltrechos, desbaratados, hambrientos y extenuados, los españoles y sus aliados tlaxcaltecas se reorganizaron a duras penas y pusieron rumbo a Tlaxcala siguiendo el camino marcado por Xicoténcatl El Joven: bordear los lagos hacia el norte, hasta Cusuhtitlan, Citlatépetl y Zumpango, seguir hacia el este por Otumba, y en Apan descender en dirección sur hasta llegar a Tlaxcala.

Cuentan las crónicas que durante la angosta travesía, uno de los hombres de Cortés, muerto de hambre, llegó a devorar el hígado de un compañero muerto. En cuanto Cortés tuvo noticia de aquello, condenó a muerte al pobre desgraciado, aunque, al poco, se apiadó de él y tuvo a bien perdonarle la vida. Peor suerte corrió otro español que se aventuró a dejar la formación en busca de frutos silvestres, el desacato le costó un lanzazo que le dejó manco de por vida. Aquello, más que una retirada, parecía una romería al infierno: moribundos a cuestas de sus hermanos de armas; heridos arrastrándose, desplomándose por el camino o marchando, a duras penas, con las tripas en las manos y hemorragias más desbordantes que las crecidas del río Tabasco. Cada día que pasaba la marcha se hacía más lenta y pesada. Apenas se alcanzaban los 11 km diarios.

Ruta de huida tras la Noche Triste

El día 6 de julio los mexicas asaltaron por sorpresa a los españoles y a sus aliados indígenas. La hueste perdió un valioso caballo y Cortés fue gravemente herido de un hondazo en la cabeza, la cosa no pasó a mayores porque los asaltados lograron zafarse y escapar de la escaramuza. Con la creencia de que todo lo peor ya habría pasado y confiados en que, con Tlaxacala a un tiro de piedra, nada podría salir peor, españoles, tlaxcaltecas, otomíes y demás aliados, partieron al alba del 7 de julio. Apenas un par de horas andadas, mientras cruzaban los verdes llanos de Otumba, Cortés y los suyos sintieron que ya tenían grabado su epitafio. De pronto, una gran masa de guerreros mexicas se agolpó en torno a la hueste cortesiana, rodeándolos y obligándolos a plantar batalla.

Y otro día muy de mañana comenzamos a caminar con el concierto que antes íbamos, y aun mejor, y siempre la mitad de los de a caballo adelante; poco más de una legua de allí, en un llano, ya que creíamos ir en salvo, vuelven nuestros corredores del campo que iban descubriendo y dicen que están los campos llenos de guerreros mexicanos aguardándonos; y cuando lo oímos, bien que teníamos temor, pero no de desmayar ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir.

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España

Matlatzincátzin, el nuevo cihuacóatl, -lugarteniente del recién nombrado tlatoani Cuitláhuac-, persiguió a los españoles y sus aliados al mando de unos 40.000-100.000 hombres para darles el golpe de gracia. La tropa cortesiana no podía estar más desanimada, el mismo Cortés recordará en su Segunda Carta de Relación que cierto creíamos ser aquél el nuestro último de nuestros días, según el mucho poder de los indios y la poca resistencia que en nosotros hallaban. Y no era para menos, en el último recuento de Cortés, el extremeño contaba en su haber con: 360 españoles, 600 aliados y 23 caballos.

Cortés mandó a los suyos detenerse en un suave altozano y ordenó que cada uno comiera lo poco que tuviese, para eliminar peso y ganar energías. Inmediatamente hace formar a la infantería en un rectángulo compacto, buscando presentar el mínimo frente de contacto. En el centro de la formación quedarían los heridos, otros desvalidos y la bandera. Según el general de brigada José María Sánchez de Toca Catalá, probablemente puso las ballestas en las esquinas para tirar de flanco y estableció los relevos de las primeras filas, en las que infantes con armadura estarían intercalados con indios y ballesteros. Al mando de la infantería puso, como de costumbre, a su estimado y bravo Diego de Ordaz -quien meses atrás había sido el primer europeo en escalar el Popocatepetl- e instó a éste a que quedase al cargo y formase las compañías y escuadras pertinentes, dando así una mayor soltura y capacidad de decisión a sus hombres. La caballería quedaría como fuerza de choque, habrían de penetrar en las filas mexicas a media rienda, espoleando al caballo con algo de sujeción, lo cual haría que los nerviosos corceles terminaran retrotando, bufando y piafando, creando un gran nerviosismo y temor entre los enemigos.

Otra cosa mandó Cortés, y esta con mejor tino aún, aprendida de otros combates contra los nahuas, y es que sus hombres no malgastaran fuerzas con el grueso de la tropa enemiga, sino que buscaran los blancos de mejor ropaje y más visteza, pues esos habían de ser los cuadros de mando, y una vez caída la cabeza, el cuerpo se venía abajo. Asimismo, con mucha autoridad, dejó constancia ante toda la tropa de que, en caso de retirada, los hombres sanos que quedaran habrían de llevar a cuestas a los heridos o, en su defecto, los subirían a los caballos, así todos correrían la misma suerte. Y con ese carácter tan infatigable y con su más brillante plática, el de Medellín soltó un enérgico discurso haciendo memoria de todo cuanto habían conseguido y cuánta era la gloria que sus hombres podían ensalzar; que no desfallecieran y pelearan como buenos cristianos contra infieles, que Dios les haría merced y daría victoria. Un discurso desesperado, pero que en opinión de John H. Elliott estaba cargado de sinceridad. El hispanista defiende que Cortés era ferviente creyente de la fortuna providencial, Dios hacía merced a quien lo merecía y a quien daba su brazo por él. Y no sería la primera vez que, en clara desventaja, se lanzara a la batalla ciegamente convencido de la suerte que la Divina Providencia tenía depositada en él.

No es cosa nueva que unos pocos de nuestra nación venzan y pongan en fuga a muchos turcos y moros muy belicosos. […] Pidamos el favor a Dios; esta es su causa, este su negocio, por Él hemos de pelear. Encomendémonos a la Virgen María, Madre suya para que sea nuestra intercesora, y que nos favorezcan mi abogado San Pedro y el Patrón de las Españas Santiago.

Arenga de Hernán Cortés. Fernando Alva Ixtlilxóchitl. Historia de la nación chichimeca
La carga de Otumba. Augusto Ferrer Dalmau

Los mexicas no tardaron en abalanzarse contra los españoles y sus aliados indígenas. Motivados y con sed de venganza, los bravos guerreros de Huitzilopochtli se animaron a romper las líneas enemigas lanzándose contra las espadas y lanzas españolas, cosa que hasta el momento no habían osado hacer, e incluso se aventuraron a tomar algún prisionero para sacrificar tras el combate. Sin embargo, los españoles y sus aliados, con el gélido aliento de la muerte en sus nucas, resistieron acometida tras acometida con mucha entereza. El mismo Cortés, que hubo de atar su inmóvil mano izquierda a las riendas y a la rodela, cayó unas siete veces de su caballo y siete veces volvió a montar y a lancear con sus compañeros.

Y después de encomendarnos a Dios y a Santa María muy de corazón, e invocando el nombre del Señor Santiago, desde que vimos que nos comenzaban a cercar, de cinco en cinco de a caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente. ¡Oh qué cosa era de ver tan temerosa y rompida batalla; cómo andábamos tan revueltos con ellos, pie con pie, y qué cuchilladas y estocadas les dábamos, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacían en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos, y los de caballo, como era el campo llano, cómo lanceaban a su placer entrando y saliendo, y aunque estaban heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados!

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España

En un momento determinado, cuando la batalla parecía decantarse del lado de los mexicas, Cortés alzó la vista y divisó, en lo alto de un cerro, una gran bandera dorada. Aquella debía ser la enseña del capitán general enemigo. No lo pensó dos veces, cambió su cansado caballo por un potro de refresco, llamó a sus mejores capitanes y se lanzó a la desesperada hacia aquel destello dorado en la acometida que había de cambiarlo todo. Cuentan las crónicas que los jinetes españoles atravesaron las filas enemigas como lo hace una lanza en el cuerpo de un jabalí. No hubo quien detuviese la cabalgada. Los españoles llegaron hasta el trono de mano de Matlatzincátzin, cubierto por unos 300 hombres, y Cortés, según Díaz del Castillo, sentenció diciendo a sus capitanes: ¡Ea, señores! Rompamos por ellos y no quede ninguno de ellos sin heridas.

Y enconmendándose a Dios arremetió Cortés y Cristóbal de Olid y Sandoval y Alonso de Ávila y otros caballeros; y Cortés dio un encuentro a caballo al capitán mexicano, que le hizo abatir su bandera, […] fue Juan de Salamanca, […] que le dio una buena lanzada y le quitó el rico penacho que traía y se lo dio luego a Cortés

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España

Con ayuda del Altísimo o sin él, aquel hábil golpe de mano sirvió a españoles, tlaxcaltecas y compañía, para salir de aquel atolladero. Los guerreros mexicas observaron atónitos como su más principal líder militar moría de manera tan estrepitosa, y Cortés y sus jinetes se encargaron de ondear la enseña capturada al ritmo del galope. Pronto, los soldados mexicas cesaron de luchar y abandonaron el campo de batalla.

Todos dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente, porque no se había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado tan gran número de guerreros juntos, porque allí estaba la flor de México y de Tezcuco y todos los pueblos que están alrededor de la laguna, y otros muchos sus comarcanos, y los de Otumba, Tepetezcuco y Saltocán, ya con pensamiento de que aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros.

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España

Victoriosos, eufóricos y sin apenas resuello, la tropa cortesiana no gastó mucho tiempo en celebrar la gesta y enseguida continuaron su camino. El día 8 de julio, por fin, llegaron a Tlaxcala.

Bibliografía:

Esteban Mira Caballos. Hernán Cortes, el fin de una leyenda.

José Luis Martínez. Hernán Cortés.

Francisco García Campa. La carga de Otumba. Bellumartir Historia Militar.

José María Sánchez de Toca Catalá. Doctrina y armamento: la batalla de Otumba. Revista del Ejército de tierra español.

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

Fernando Alva Ixtlilxóchitl. Historia de la nación chichimeca.