El 7 de octubre de 1571 se llevó a cabo en Lepanto una de las batallas más conocidas de la historia de Europa. La llamada Liga Santa, formada por el Reino de España, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova y el Ducado de Saboya se enfrentó al Imperio otomano, liderado en esos momentos por Selim II.

Lepanto fue en origen una ciudad griega llamada Náupaktos. Formado a partir de naûs (nave) y pēgnymi (construir), quizá su nombre derivase de un heráclida que había construido una flota allí antes de cruzar el Peloponeso, o por haber sido un lugar empleado para construir naves. En 1407 pasó a formar parte de la República de Venecia y la ciudad pasó a llamarse Lepanto.

Antecedentes de la batalla

Tres potencias principales dominaban el Mediterráneo en estos momentos: el Reino de España, la República de Venecia y el Imperio turco.

El Imperio turco pretendía abarcar el territorio del ya pasado Imperio bizantino. Selim II heredó un territorio que se extendía por Europa, África y Asia, cuya capital era Constantinopla, y concentró sus esfuerzos en continuos procesos de expansión. En consecuencia, los otomanos pusieron el ojo en Chipre, un lugar estratégico territorial y económicamente hablando, que en estos momentos pertenecía a la República de Venecia. Sin embargo, el Imperio tenía un provechoso vínculo económico con la República que les permitía comerciar con vino y alfarería e, incluso, procuraba a Venecia las llamadas capitulaciones: privilegios que permitían a sus barcos navegar por el Mediterráneo oriental y atracar en los puertos del Imperio.

Selim II Haydar
Retrato de Selim II, por el pintor, poeta y capitán naval Haydar Ra’is, ca. 1570. Haydar fue frecuentemente conocido como Nigari, “el retratista”, pseudónimo con el que firmaba muchos de sus retratos de sultanes otomanos.

Movido por sus nuevos intereses, Selim II decidió romper su acuerdo y exigir a Venecia la entrega de Chipre bajo amenaza de guerra. Ante la imperativa, el Dux eligió hacerle frente y luchar por sus territorios, pero era consciente de su inferioridad militar y de que tendría que pedir ayuda las potencias cristianas. Finalmente, el Papa Pío V le ofreció ayuda y convenció a Felipe II para que hiciese lo propio, a pesar de que las relaciones entre España y Venecia se caracterizaban por ciertas desconfianzas. Se formó así una primera armada en la que participó, por parte de España, el almirante Andrea Doria.

Andrea Doria
Andrea d’Oria, retrato de Sebastiano del Piombo.

Primeros movimientos

El 1 de junio de 1570 los turcos intentaron un primer asalto a Nikosia, la capital de Chipre, pero el ataque fracasó y perdieron unos 49.999 soldados. Sin embargo, esto no supuso gran problema: con un refuerzo de 93.000 hombres más, el segundo intento resultó victorioso. Conquistaron Nikosia y comenzaron a expandirse por Chipre. Así, a 31 de agosto de 1570 tan solo Famagusta resistía la amenaza.

Mientras tanto, la flota veneciana, liderada por el capitán Girolamo Zane, Marco Quirini, Sebastián Venier, Astor Baglione y Andrea Doria, ni siquiera había zarpado en su defensa. La mala suerte se hace evidente: para cuando quisieron partir, un fuerte temporal dispersó sus naves… los cristianos se encontraban ante una nefasta situación.

Dado que Chipre era un lugar geográficamente estratégico por ser la frontera entre tierras católicas y musulmanas, los embajadores de la República consideraban que su defensa era deber de todas las potencias cristianas, así que animaron al Papa a formar la Liga Santa. En marzo de 1571 se formó la coalición y se nombró como capitán general a Don Juan de Austria, que no era otro que el hermanastro de Felipe II.

Juan de Austria
Uno de los pocos retratos que han sobrevivido de Don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V y la alemana Barbara Blomberg y hermanastro de Felipe II, extraído de Museo del Prado. Anónimo, ca. 1575.

Con la Liga formada, una impotente armada cristiana partió hacia Lepanto, ciudad en la que se encontraba la no menos numerosa flota turca en esos momentos, tras haber sometido a Famagusta. Y así, la mañana del 7 de octubre de 1571 ambas flotas se encontraron cara a cara. La aglomeración fue inmensa y en el Mediterráneo no cabía una sola cabeza más. Según afirma José Manuel Lucía Megías en su estudio “Miguel de Cervantes: una vida tras la sombra de un mito”:

“Allí podían admirarse las naves de España (90 galeras, 24 naos, 50 fragatas y bergantines), las del papa (12 galeras y 6 fragatas) y las de Venecia (106 galeras, 6 galeazas, 2 naos y 6 fragatas). El 12 de septiembre la armada de la Santa Liga zarpó con rumbo a la isla griega de Corfú: nunca, hasta entonces, el Mediterráneo había visto tal despliegue de naves y de combatientes: 84.421 hombres, 28.000 soldados, 12.920 marineros y 43.500 remeros, sin olvidar 1.815 cañones de diferentes calibres. Y eso solo era una parte de lo que se estaba preparando, una parte de lo que terminaría por enfrentarse en el Mediterráneo al cabo de unos días. […] La enorme escuadra turca se componía, según las últimas investigaciones, de 222 galeras y 60 naos, equipadas con 750 cañones; 34.000 soldados, 13.000 marineros y 43.000 remeros estaban preparados para defender su hegemonía en el Mediterráneo”

Comienza la batalla

Impresionantes y decoradas galeras invadieron el mar Mediterráneo. Este tipo de embarcaciones dominaban los mares durante los siglos XVI y XVII y por ello eran una pieza fundamental en una batalla de estas características. Normalmente eran ellas las que comenzaban el ataque mediante artillería para debilitar las naves enemigas y, después, embestían y emprendían el abordaje para luchar cuerpo a cuerpo.

El primer frente en caer fue el ala derecha de los turcos, que no pudo soportar
el ataque de las naves cristianas y quedó varada en la costa con buena parte de su flota destruida. En la parte central de la batalla, el enfrentamiento fue más equilibrado. Allí se encontraban las naves insignias de cada flota: La Sultana turca y La Real cristiana. Ésta última era la galera de don Juan de Austria:
la más grande de su época, cuya impresionante estructura estaba dotada de notables obras de arte que ornamentaban el casco pintado en oro y rojo. Una hora y media de combate cuerpo a cuerpo terminó con un arcabuzazo que acabó con la vida de Alí Pachá, general en jefe enviado por el sultán Selim. Un soldado le cortó la cabeza y la puso en la punta de la lanza y en la Real estalló el grito de victoria.

En el ala izquierda se encontraban las naves del legendario Andrea Doria (La Marquesa) y Álvaro de Bazán, que luchaban contra el famoso corsario y almirante Uluch-Alí. Éste, viendo imposible la victoria, interrumpió el combate y se retiró. A las cuatro de la tarde todo había terminado.

Lepanto
Batalla de Lepanto. Andrea Vicentino, 1580.

José Manuel Lucía Megías continúa:

“Las pérdidas de la Santa Liga se han calculado en 15 galeras, 7.650 muertos y casi 8.000 heridos; mientras que los turcos, además de las 15 galeras hundidas, vieron cómo otras 190 fueron capturadas, 30.000 fueron los muertos y 8.000 los prisioneros; los heridos, como era costumbre, fueron rematados. Se liberaron 12.000 esclavos cristianos. La amenaza de una tempestad aconsejó alejarse del golfo de Lepanto y retirarse a Petala, donde se haría el reparto del botín y se vería cómo dar a conocer la victoria y el modo de actuar. Tan solo en la galera de Alí Pachá se encontraron 150.000 cequíes de oro (unos 600.000 escudos), sin contar las innumerables joyas y sedas. Como puede imaginarse, serán miles las fiestas que se multiplicaban en toda la cristiandad y los escritores afilaron las plumas para mostrar sus mejores galas en los adjetivos laudatorios de cientos de escritos que se difundieron por aquellos años”.

Lepanto Felipe II
Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando. Tiziano, 1573 – 1575. En este óleo se conmemora la victoria de Lepanto y el nacimiento de su hijo Fernando, que moriría poco después.
Felipe agradece al cielo los dones recibidos, al fondo se vislumbra la batalla y a la izquierda aparece un turco maniatado junto a despojos de la victoria. Extraído de Museo del Prado.

El manco de Lepanto

La victoria de la batalla de Lepanto sobrevivió en el imaginario colectivo de manera inigualable. Poetas y escritores de la época se hicieron eco de ella y alimentaron un mito que ponía de manifiesto el sueño idealizado de lo que podía haber sido pero al final no fue. Además, Lepanto fue testigo de la creación del heroico “manco de Lepanto”:

Un Miguel de Cervantes febril de apenas 24 años luchó en la batalla como soldado bisoño. Se encontraba en La Marquesa, arrojando piñas incendiarias a las galeras enemigas desde el esquife, en el cual se encontraban también los arcabuceros más experimentados. Por ello, no es de extrañar que Cervantes terminase por recibir tres heridas de arcabuz. Una de ellas impactó en el brazo izquierdo y le hizo perder la movilidad de su mano izquierda, lo que le valió el sobrenombre de “manco de Lepanto”.

Su actuación en Lepanto demostraría su adhesión a los ideales heroicos, que reforzaría haciendo gala del heroicismo de su comportamiento en sus escritos. Así, los ejemplos hablan por sí solos: describió la batalla como “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros”, siendo ésta, en realidad, una de las batallas más cruentas de la historia. Además, describió la misma en La información de Argel, escrita durante su cautiverio en 1580. En 1614 hablaba con modestia de su participación en la contienda en Viaje del Parnaso:

“Arrojose mi vista a la campaña rasa del mar, que trujo a mi memoria del heroico don Juan la heroica hazaña; donde con alta de soldados gloria, y con propio valor y airado pecho tuve, aunque humilde, parte en la vitoria” (vv. 139-144).

También la rememoró muchos años después en el prólogo de la segunda parte de El Quijote (1615), en respuesta a la burla que hace Avellaneda (Jerónimo de Pasamonte) en su Vida y trabajos sobre su única mano sana.

A propósito del cautiverio de Cervantes sabemos que, tras la batalla de Lepanto y tras participar en numerosas escaramuzas por todo el Mediterráneo bajo las órdenes del capitán Lope de Figueroa, partió rumbo a España junto a su hermano Rodrigo en la galera El Sol. Pero el 26 de septiembre de 1575, la galera fue aprisionada por corsarios argelinos en las costas catalanas, y le llevaron prisionero a Argel, donde permaneció cinco años. Una experiencia más que contribuyó a hacer la vida de Miguel de Cervantes realmente apasionante.

La victoria de Lepanto construyó un mito heroico que elevó con orgullo la gloria de las potencias cristianas. Sin embargo, la exaltación que en el arte y en la memoria colectiva se hizo de ella no fue más allá del papel, pues, en realidad, no tuvo tantas consecuencias políticas como se esperaba. Aunque ciertamente los turcos no se atrevieron a invadir Italia después de Lepanto, sus piratas continuaron asaltando los puertos cristianos. Aun con ello, sin duda, nos quedará siempre la historia de la última gran batalla naval del Mediterráneo.

Referencias:

  • Grandes batallas y ejércitos. Una completa guía de los acontecimientos clave de la historia militar. Ed. Parragon Books Ltd, Barcelona, 2014.
  • Felipe de España, Henry Kamen. Ed. Siglo XXI de España Editores, Madrid, 1997.
  • Anales del reinado de Felipe II, José María Maestre Maestre. Ed. CSIC – CSIC Press, 2002
  • Cervantes y la identidad nacional, José Álvarez Junco. Universidad Complutense de Madrid.
  • Miguel de Cervantes: una vida tras la sombra de un mito, José Manuel Lucía Megías. Universidad Complutense de Madrid.
  • http://cervantes.bne.es/es/exposicion/obras/cervantes-batalla-lepanto
  • La batalla de Lepanto. Documental, por Julio Rodríguez de Castro https://www.youtube.com/watch?v=StPeJLHxv-o
  • Otomanos contra cristianos. Documental de Julian Davison. https://www.youtube.com/watch?v=S_xr-he05Lw