Serie: Érase una vez España

Capítulo 10: El auge de la Media Luna

“Llegaron los sarracenos

Y nos molieron a palos;

Que Dios ayuda a los malos

Cuando son más que los buenos.”

Una compañía de seguros moderna no osaría asegurar el trono godo. Más de 30 reyes en 300 años de reinado nos dejan, en verdad, un saldo poco favorecedor pero perfectamente esclarecedor de la tesitura que reinaba en la península. Los visigodos era una sociedad enfrentada entre sí por constantes rivalidades, inventadas o no, regida por reyes que se asesinaban unos a otros y por una Iglesia que no perdía oportunidad alguna para meterse en todas las contiendas. Por otro lado, en los bajos fondos de la sociedad los viejos hispanorromanos, aunque mayoría, habían sido desplazados del poder sin capacidad para hacer nada más que soportar amargamente el hambre, producida por unos impuestos desmesurados, y las ambiciones de la nobleza local.

Un pueblo en constante decadencia y lucha cainita que contrastaba diametralmente en esos momentos con otros bárbaros, aquellos que procedían del Oriente, conocidos por el sitio del que venían (Mauretania) como mauras o moros. En apenas un siglo los musulmanes se extendieron rápidamente por toda el África bizantina y, con un poco más de esfuerzo, el Magreb. Cuando se toparon con el infranqueable Atlántico aún les quedaba bastante de ese espíritu expansivo inicial de los grandes imperios. No era extraño que acabasen posando sus ojos sobre las verdes praderas de Europa.

Dejando atrás las viejas leyendas de Don Julián y su hija mancillada por el cruel duque Rodrigo, lo que sí parece cierto es que el partido agilano, o witiziano, tuvieron algo que ver con la venida de los musulmanes. ¿Qué puede haber más español que entregar España al enemigo y fastidiarnos todos antes que dejar atrás odios y rencores personales? Los musulmanes pactaron venir como tropas mercenarias para ayudar a esta facción visigoda a recuperar el poder. Empero, les acabaría pasando lo mismo que a todos: una vez que llegaron les gustó el clima, la tierra y lo que esta ofrece, por lo que ya no se quisieron marchar.

Representación de Tarik. Ilustración de Theodor Hosemann.

Aprovechando que Don Rodrigo estaba guerreando en la otra punta de España para asentar su recién conseguido trono, los traidores abrieron la puerta de atrás y los moros al mando de Tariq cruzaron el estrecho (711 d.C.) dando nombre al lugar, Gibraltar (Gebel Tariq, “la roca de Tariq”). El caso es que otros historiadores sostienen que desembarcó por Cartagena. Vaya usted a saber. Tampoco está claro dónde se enfrentaron a las exhaustas tropas de Rodrigo, si en Guadalete o en la Janda. ¿Importa algo? Lo relevante es que el ejército visigodo fue pasado a cuchillo junto con la flor y la nata de la aristocracia goda. A excepción de los witizanos claro, que para eso abandonaron el campo de batalla en mitad de la refriega. Y con ellos se fue también la España visigoda, la herencia romana y la fe católica.

Doce mil hombres contaba el ejército de Tarik, en su mayoría bereberes, a los que habría que sumar los refuerzos al mando de Muza, otros 18.000 predominantemente árabes. Ínfimos números que conquistaron en meses toda la península. Algo así hubiera sido imposible si hubiera habido una mínima voluntad firme de resistencia por parte de los nativos.

Faltaba esa voluntad. La vieja masa popular hispanorromana, cansada de las interminables contiendas cainitas entre sus señores visigodos y famélica por las hambrunas y los altos impuestos, asistió pasivamente a la caída de sus antiguos señores. La fragilidad del Estado visigodo quedó demostrada cuando se derrumbó ante el primer golpe recibido. La guerra, si se puede llamar así, se redujo a una serie de episodios inconexos en los que el ejército vencido trató de frenar el avance triunfal de los vencedores. Donde las fortificaciones eran sólidas la resistencia duró meses, pero fue algo excepcional.

Batalla de Poitiers. Pintado por Charles de Steuben.

La defensa de la península reflejó en gran medida lo que había venido siendo la monarquía visigoda: un montón de células independientes gobernadas por jefes que, desaparecido el poder central, trataban de hacer la guerra por su cuenta o buscaban salvar el pellejo y sus intereses pactando con los invasores. De estos últimos, el más relevante fue Todmir, quien creó el protectorado de Murcia al aceptar la soberanía musulmana, pero lo más habitual es que los nobles adoptaran la religión triunfante, como los Banu Qasi de Aragón. También se islamizaron los witizanos, recibiendo en retribución de su traición una parte del patrimonio fiscal del Estado.

En ninguna parte confrontaron una verdadera resistencia, lo que les llevó a envalentonarse y traspasar los Pirineos dispuestos a conquistar Europa como lo habían hecho con la península. Sin embargo, los francos comandados por Carlos Martel lograron derrotarlos en la batalla de Poitiers (732 d.C.) obligándolos a replegarse para consolidar su posición. En poco tiempo España se acostó católica y amaneció musulmana. La alargada sombra de la cruz era sustituida por la pesada carga de la media luna.