Serie: Érase una vez España

Capítulo 12: Asturias, entre (Historias) Cantares y Leyendas

Vete moro en hora mala.

Di al tu rey que cien doncellas

Son cien chuzos y cien lanzas,

Que vengan como quiere

Que las hembras solas bastan

A defenderse asimesmas.

Mientras los moros se consolidaban y el al-Ándalus iba tomando forma, fugitivos de todas partes del ya extinto reino godo junto a los naturales del lugar fueron congregándose hasta conformar un pequeño reino cristiano. Alfonso, cuñado de Pelayo, tras la muerte de este último y tras un breve lapso, se convierte en el 739 en el primer rey del incipiente reino de Asturias con el sobrenombre de Alfonso I el Católico.

Él se encargará de crear y asentar las primigenias estructuras del reino y de ampliar sus dominios hasta Galicia y el Duero aprovechando la debilidad musulmana consecuente de los numerosos conflictos internos entre árabes y bereberes. Alfonso I, a la cabeza de sus huestes, iniciará la conquista del valle del Duero y alrededores que, junto con las malas cosechas y las epidemias de viruela, acabaron estableciendo un erial demográfico en la zona forzado a propósito por una política que buscaba vigorizar el recién nacido reino. Así, conforme iban avanzando, además de eliminar todo vestigio musulmán se ocupaban de trasladar a la población cristiana hacia el sólido bastión norteño.

Abd al Rahman, el dirigente musulmán, escaso de hombres y dinero, no tuvo más que aceptar que el Duero se convertiría en la gran frontera entre musulmanes y cristianos. De hecho, el espacio entre Madrid y el Duero se transformó en una especie de tierra de nadie ya que ni un bando ni otro poseían el poder suficiente para ocupar dichos lares. El tablero de ajedrez por donde transitarían los ejércitos de uno y otro lado en sangrientas razias acababa de ser establecido.

Alfonso I el Católico, rey de Asturias. Pintado por Manuel Castellano.

Después de la muerte de Alfonso I (757), se suceden una serie de reyes que se dedicaron a asentar y fortalecer el reino asturiano mientras reconocían la fuerza superior de Abderrahman I, el gran emir (que es algo así como un rey) omeya de Córdoba. En “aquesta” época surge un curioso y penoso tributo que el reino de Asturias se vio forzado a pagar al emirato cordobés. Cada año, el reino cristiano debía entregar cien doncellas a los musulmanes. Como comprenderéis dicho impuesto no sirvió precisamente para que los cristianos viesen con mayor aprecio el poder de la Media Luna. Este episodio, de hecho, acabaría sirviendo de argumento para muchas leyendas, cantares y poemas destinados a avivar el odio cristiano y justificar su cruzada.

Alfonso II fue el encargado de apuntalar definitivamente la estructura social y económica del reino. Con él se vincula Asturias con el resto de la cristiandad gracias al oportuno descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago, justo pocos años después de que el beato de Liébana escribiese sus famosos Comentarios al Apocalipsis. Esas casualidades de la vida.

El monarca, por su parte, aprovechó convenientemente este hallazgo sin precedentes. Presto, ordenó levantar y consagrar un gigantesco santuario en Santiago de Compostela donde reposarían definitivamente los restos del amado discípulo de Cristo. El suceso es fundamental en todo el orbe cristiano pues establece una ruta de peregrinaje para todos los devotos que, fácilmente, acabaría destronando a Tierra Santa gracias a su cercanía y su menor peligrosidad. Relativa claro. Acaba de nacer el Camino de Santiago, nuestro patrimonio nacional, y Alfonso II será su primer custodio.

Alfonso II el Casto, rey de Asturias. Pintado por Mariano de la Roca y Delgado.

En el lado nordeste, el gran Carlomagno, rey de Francia, buscando protegerse del aterrador poder musulmán, intenta controlar los pasos de los Pirineos para asegurarse una fuerte defensa ante cualquier tentativa de invasión islámica. Su primer ensayo acabó en desastre y sus esperanzas se frustraron en la batalla de Roncesvalles, donde perecieron Roldan y algunos de los mejores pares de Francia. Como contrapartida dicha gesta acabaría conformando un fabuloso relato, el Cantar de Roldán.

Oliveros ha trepado hasta una altura. Sus ojos abarcan en todo el horizonte el reino de España y los sarracenos que se han reunido en imponente multitud. – ¡Roldán, mi compañero, tocad vuestro olifante! Carlos habrá de oírlo y volverá con el ejército; podrá socorrernos con todos su barones! -¡No permita Dios que por mi culpa sean menoscabados mis parientes y que Francia, la dulce, arrostre el desprecio! –replica Roldán- ¡Más bien habré de dar recios golpes con Durandarte, mi buena espada que llevo ceñida al costado!

Carlomagno, sin embargo, haciendo uso de la tenacidad que lo llevaría a convertirse en emperador allá por el año 800, no renunció a sus ambiciones y logró crear en la costa mediterránea una provincia militar bajo su dominio, la Marca Hispánica. En el lado oeste de los Pirineos, mientras tanto, surgían otros poderes independientes que estaban llamados a ser protagonistas de nuestra historia: Aragón y Navarra.