El magnicidio de los Romanov

A día de hoy, el magnicidio del zar de Rusia Nicolás II y de su familia sigue planteando diversas incógnitas irresueltas. La ejecución de la familia real rusa aconteció el 17 de julio del año 1918 y las autoridades soviéticas mantuvieron un hermetismo sobre lo ocurrido. Durante años no se han conocido a ciencia cierta aspectos como qué ocurrió con los cadáveres, si hubo algún sobreviviente o quién estuvo al mando de la orden de fusilamiento. Todo esto llevó a que se lanzasen hipótesis y especulaciones de todo tipo.

Actualmente, prácticamente no se discute que la familia Romanov junto con sus sirvientes fueron ejecutados aquella fatídica noche. La familia fue asesinada en Ekaterinburgo, entre ellos se encontraban el zar Nicolás, su mujer la zarina Alejandra Fiódorovna Románova, su hijo Alekséi Nikoláyevich Románov y sus hijas Olga, Tatiana, María y Anastasia. Junto a ellos también murieron Eugene Botkin, el médico que atendía al joven zarévich que padecía de hemofilia, Ivan Kharinotov, el cocinero, Ana Demídova, la doncella de la zarina, y Alexei Trupp, el ayudante de cámara del zar.

A lo largo del siglo XX no hubo cadáveres ni un relato oficial de lo ocurrido. Con la caída del régimen comunista se despejaron muchos secretos, pero aún a día de hoy se desconocen muchas respuestas. Lo que se desveló en 1990 fue el informe del miembro de la policía política comunista, Yakov Yurovsky, quien estuvo al mando del escuadrón de fusilamiento. Éste es el único documento mínimamente fiable de la ejecución.

Familia del zar Nicolás II.

A la familia Romanov se la despertó por la noche y se la obligó a entrar en la habitación vacía en la que iban a morir. Yurovsky ordenó a la familia que esperara en el sitio mientras preparaba el traslado a un lugar de mayor seguridad. Previamente, el comandante bolchevique hizo que Botkin, el médico, despertara y obligara a vestir a los miembros de la familia. Luego fueron conducidos a la mencionada habitación, la cual era un sótano ubicado en la parte inferior del edificio.

Después de varios minutos, un escuadrón de ejecución arribó a la estancia en la que la familia real se encontraba prisionera y Yurovsky, que se había ausentado, volvió a entrar en la habitación con un grupo de milicianos. Hay discusión sobre lo que Yurovsky dijo en ese momento. Unos aseguran que el oficial profirió “Nicolás Alexandrovich, tus amigos han tratado de salvarte sin éxito y nosotros estamos obligados a ejecutarte”, otros dicen que pronunció las palabras “Nikolái Aleksándrovich, en vista del hecho de que tus parientes continúan con su ataque a la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido ejecutarte”. Lo que todos afirman es que al confundido zar no le dio tiempo más que a decir “¿Qué? ¿Qué?” antes de recibir un disparo por parte de Yurovsky, quien, acto seguido disparó a su hijo Alekséi. El padre murió al momento, pero el niño quedó moribundo en el piso, así que Yurovsky le dio un tiro de gracia en la sien.

Tras el primer tiro de Yurovsky los milicianos empezaron a fusilar al resto de la familia y a los sirvientes. También el médico y Ana Demídova fueron rematados en el suelo. La zarina, el cocinero y el ayudante de cámara murieron en el tiroteo inicial. Pero con las duquesas sucedió algo distinto, ya que las balas no penetraban en sus torsos. Esto se debía a que llevaban joyas y diamantes cosidos en sus corsés, de tal modo que estaban forrados por materiales resistentes. Por este motivo, los milicianos dispararon a las jóvenes hijas del zar en la cabeza y se aseguraron de acabar con la vida de todas las personas con las bayonetas. De esta manera, Yakov Yurovsky, el revolucionario ruso, acabó con el último zar de Rusia, Nicolás II, y con toda su familia.

Muchos investigadores aseguran que la ejecución estaba orquestada por las instrucciones del Sóviet de los Urales que había recibido órdenes del presidente del Comité Ejecutivo Central Panruso, Yákov Sverdlov. Este líder bolchevique era una persona muy cercana al presidente del gobierno Vladímir Lenin. A ellos se les suele considerar como autores intelectuales del magnicidio, especialmente a Sverdlov.

Lenin y Sverdlov

Sin embargo, se trata de un tema controvertido, puesto que otras personalidades como Vladímir Solovyov señalan la falta de pruebas documentadas para atribuirles la responsabilidad de la operación. Puede ser que los documentos decisivos se hicieran desaparecer para no implicar a los altos dirigentes con un fusilamiento sin juicio. Por otro lado, también pudo haber sido una decisión unilateral y apresurada fruto del descontrol. En cualquier caso, el gran misterio estriba en el motivo del ocultamiento. El misterio pervive no sólo por el hermetismo mantenido durante años, sino por otros aspectos como el esfuerzo de hacer desaparecer los cadáveres.

El informe de Yurovsky explica que los cuerpos fueron transportados y arrojados en un foso inundado de una mina abandonada. Además, lanzó dos granadas a dicho foso para taponarlo. Posteriormente quemaron la ropa de los muertos. Sin embargo, al no conseguir bloquear el foso, los bolcheviques decidieron meter los cuerpos en un foso más profundo. En el trayecto, su vehículo se atascó y no pudieron proseguir, de modo que intentaron incinerarlos. Sólo consiguieron quemar por completo dos de los cadáveres: el de Alekséi y el de una chica joven cuya identidad no se especifica. Finalmente, al no disponer de transporte, optaron por cavar ellos mismos una fosa para enterrar ahí los cuerpos que previamente deformaron con ácido sulfúrico por si los encontraban.

Al acabar la Guerra Civil Rusa y alzarse la Unión Soviética, lo único que quedaba del tema era el silencio institucional acompañado de muchos rumores. La primera investigación de lo sucedido estuvo a cargo de Nicolás Sokolov cuando el Ejército Blanco conquistó Ekaterimburgo. Sokolov concluyó que la familia Romanov fue fusilada, desfigurada con ácido y finalmente quemada. El detective encontró la habitación del tiroteo, los restos de una hoguera con ropa y pruebas de que los milicianos bolcheviques adquirieron cantidades importantes de gasolina y de ácido sulfúrico, pero no halló los cuerpos.

Anastasia Nikoláyevna Románova

Como dato curioso, por el secretismo mantenido se extendió el rumor de la supervivencia de la duquesa Anastasia Nikoláyevna Románova. Esta creencia se llegó a convertir en una leyenda con diversas historias e, incluso, hubo varios intentos por parte de distintas mujeres de reclamar la identidad de la hija del zar. La más conocida de las impostoras fue Anna Anderso, quien aseguró haberse salvado por hacerse la muerta y por la compasión de uno de los guardias.

Finalmente, los restos de la familia fueron encontrados. En 1991, Yeltsin, el entonces presidente de Rusia, autorizó la exhumación de restos que se creía que correspondían con la familia real. En 1993 se formó una comisión para averiguar la identidad de lo encontrado y en 1995 la investigación de los antropólogos forenses concluyó determinando que sí eran los cadáveres de los Romanov. Por último, el 17 de julio de 1998 se celebró un funeral de Estado por los Romanov, en el que se pidió perdón por los sucesos.

 

 

Bibliografía

Bladé, R. “El fin de los Romanov. Un magnicidio con múltiples incógnitas”. Historia y vida. N. 417, pp. 60-69.

Clarke, W. The Lost Fortune of the Tsars. Ed. Griffin. 1996: EEUU.

Guilliard, P. Thirteen years at the Russian Court.

Marples, W. Los muertos también hablan: memorias de un antropólogo forense. Ed. Alba. 2001: Barcelona.