En 1529, la ciudad de Viena se enfrentaría a un terrible asedio comandado por el sultán Solimán el Magnífico que amenazaría a toda la Cristiandad. La heroica resistencia del ejército austriaco supuso una importante victoria frente a un enemigo que había permanecido invencible.

Viena 1529
Mapa de Viena asediada por Solimán.

Antecedentes

En 1520 ascendió al trono del Imperio Otomano el sultán que más tarde sería apodado como Solimán el Magnífico. Queriendo emular a sus antepasados, en especial a su bisabuelo Mehmet II el Conquistador, dirigió una serie de conquistas militares para expandir su imperio por Europa y el Mediterráneo, incorporando al reino de Hungría, que había ejercido como bastión de resistencia en el siglo XV. En agosto de 1521, tomó la ciudad de Belgrado aprovechándose de las crisis internas de Hungría. Tras este éxito y la conquista de Rodas en 1522, Solimán reanudó su campaña en Europa Oriental.

Luis II de Hungría se enfrentó al sultán en la batalla de Mohács en agosto de 1526, saldándose con un estrepitosa derrota cristiana en la que murió el mismo rey húngaro junto con el grueso de sus tropas. Este hecho originó una profunda crisis dinástica en el reino. El cuñado de Luis II, Fernando I de Habsburgo (hermano de Carlos V) casado con Ana de Hungría, hija de Vladislao II de Bohemia y Hungría, reclamó el trono húngaro junto con el conde Juan Zapolyai, voivoda de Transilvania, éste último con el apoyo de Solimán. 

El plan de Solimán y la respuesta cristiana

Tras la muerte de Luis II, Fernando I reclamó la zona de Bohemia y la actual Croacia mientras que el Imperio Otomano se anexionaría la zona central de Hungría y Transilvania. Sin embargo, Solimán decidió no incorporar Hungría a su imperio sino poner en el trono a Juan I de Zapolyai, enemigo de los Habsburgo a cambio de un tributo. Éste fue coronado rey de Hungría en 1527 siendo derrotado por Fernando I al año siguiente. Fue entonces cuando Solimán el Magnífico puso su mirada en Viena por su estratégica posición controlando las rutas comerciales centroeuropeas y la navegación a través del Danubio. Solimán ya había firmado un tratado con el rey de Francia, Francisco I, en contra de Carlos V. De esta forma se rompía la unidad de la Cristiandad.

Solimán
Solimán el Magnífico

En la Dieta de Espira celebrada en 1529, Fernando I solicitó ayuda urgente a los príncipes alemanes para defender Viena. Se acordó la formación de un ejército integrado por 16.000 hombres. Sin embargo, las disputas en torno al verdadero alcance del ataque otomano produjeron innumerable retrasos. El Duque Fernando del Palatinado, encargado de socorrer a la ciudad, llegó con su contingente a Linz el 24 de septiembre. Sin embargo, las primeras acciones del ejército otomano en las inmediaciones de Viena, impidieron que dicho contingente pudiese llegar a la ciudad a tiempo. Las tropas de socorro quedarían acantonadas en Krems.

Despliegue de fuerzas

El número de hombres del sultán se situaba en torno a 90.000-120.000 hombres, entre ellos se encontraba el ejército moldavo, aliado de los turcos. Las fuerzas de asalto se dividía en tropas regulares e irregulares. Dentro de las tropas regulares, los jenízaros constituían la guardia pretoriana del sultán y se encontraban muy bien entrenados y fanatizados (entre 15.000 y 20.000). El grueso del cuerpo de asalto lo constituían los sipahi o timariotas. Las tropas irregulares estaban integradas por los Bachi-Bozuk, de carácter mercenario. Dentro de este grupo se encontraban los akinci, dedicados al saqueo y al pillaje al no disponer de sueldo fijo. Eran muy útiles en labores de reconocimiento y en el ataque por sorpresa en las proximidades. Solimán contaba con una flota de 400 barcos para bloquear el paso del Danubio.

El grueso de las tropas encargadas de la defensa de Viena oscilaba entre los 20.000-23.000 hombres. El mando supremo estaba ostentado por Pfalzgraf Philip. La fuerza principal la componían los lansquenetes, mercenarios alemanes que constituían las tropas de élite con sus poderosas picas.  Éstos estaban dirigidos por Nicolás de Salm, veterano de la batalla de Pavía. La guarnición de Viena se encontraba al mando Thomas Nadasky. Lo que sí es seguro es la escasez de refuerzos externos que recibió la ciudad. Apenas se contó con 700 arcabuceros españoles al mando de Luis de Ávalos, enviados expresamente por María de Hungría, reina consorte de Hungría. Dichos arcabuceros jugarían un papel crucial en la defensa de Viena. Además la ciudad contaba con unas 70 piezas de artillería de diferente calibre.

Preparativos del asedio

El Comité de Guerra reunido en Viena determinó que era imposible enfrentarse al enemigo en campo abierto. Por ello, se consensuó resistir dentro de las murallas de la ciudad. Debido a esta decisión, todos los pueblos y aldeas ubicados en un radio de 100 km de Viena quedaron arrasados por las fuerzas turcas. Las palabras de Peter Stern von Labach, cronista de la época, describen con exactitud los horrores de la campaña: “se masacró y secuestró a miles de personas, los bebés fueron arrancados de los senos maternos para ser arrojados o atravesados con estacas… que el Todopoderoso tenga piedad de sus almas y que estos crueles sabuesos paguen por los crímenes que han cometido”.

Las tropas turcas llegaron a las puertas de Viena el 22 de septiembre de 1529. Solimán envió a tres prisioneros para ofrecer un pacto a los defensores de la ciudad por el cual si sus habitantes se convertían a la fe islámica, se respetarían sus vidas. De lo contrario, la ciudad quedaría expuesta a su completa aniquilación. Los defensores se opusieron a cualquier tipo de capitulación. El día 26 de septiembre las tropas de Solimán ya se habían asentado en los alrededores de Viena, dando comienzo el asedio. A partir de este día, comenzó el incesante bombardeo a las murallas de la ciudad.

Bombardeo y minas otomanas

El ejército de Solimán decidió dejar atrás los cañones de gran tamaño para utilizar los de menor calibre. Dichos cañones tenían como objetivo minar la moral de sus defensores. Las balas sobrepasaban las murallas y rebotaban en el pavimento causando graves daños a los edificios. Por esta razón se decidió levantar todo el pavimento de la ciudad para que las balas se hundieran en la tierra. Solimán ideó un complejo entramado de túneles y trincheras para la detonación de minas de pólvora con el propósito de derribar las murallas. Especialmente importante era la puerta Carintia, clave para la defensa de la ciudad.

Condiciones meteorológicas

El 29 de septiembre comenzó una intensa lluvia como consecuencia de la aparición de una ola de frío inusual para la época. Esto provocó que los fosos cavados por los turcos se llenasen de agua y la pólvora quedase empapada, haciendo inviable el asalto. El campamento turco quedó lleno de barro y agua, hundiendo el espíritu y la moral turca. El secretario de Solimán lo describió así: “hace frío de día y de noche, el campamento se ha embarrado tanto que por varios días los animales de carga no pudieron tumbarse y descansar ni de día ni de noche, es imposible describir la cantidad de lluvia que cayó”.

Asalto a Viena

La mayoría de las minas del sultán fueron encontradas y desactivadas antes de ser detonadas. Sin embargo el 11 de octubre, el ejército otomano consiguió abrir una brecha entre las Puertas Carintia y Stuben, lo que provocó un asalto del destacamento de los jenízaros al centro de la ciudad. Los lansquenetes formaron un férreo muro de picas para evitar el paso de los invasores, causando grandes bajas al sultán.

Esa misma noche tuvo lugar un consejo de guerra en el campamento del sultán. En él se trató la llegada inminente del invierno y la escasez de suministros para continuar la campaña. Ya habían fracasado los tres primeros asaltos a la ciudad. Según la tradición islámica, el tres era el número mágico y no se debían realizar más ataques. Sin embargo, se acordó un último asalto para el día 14 de octubre con toda la fuerza de la que disponían. El ejército otomano comandado por los oficiales de mayor rango consiguieron abrir una nueva brecha en la Puerta Carintia. Sin embargo, fueron de nuevo repelidos por los lansquenetes alemanes y los arcabuceros españoles. Tras este descalabro, Solimán el Magnífico perdió toda esperanza de poder conquistar la ciudad cristiana.

Balance final

El factor meteorológico y la falta de planificación de Solimán para un asedio de larga duración fueron claves para la salvación de Viena. El arrojo de las tropas defensoras fue fundamental para mantener a raya al enemigo. El ejército otomano se vio obligado a abandonar sus cañones pesados y su plan para derribar las murallas mediante la colocación de minas había fracasado. Gracias a estos contratiempos, el ejército cristiano consiguió identificar las minas antes de poder ser detonadas. La lluvia tuvo un significado simbólico para los cristianos ya que el mismo Dios había contribuido en combatir al infiel salvando a la religión cristiana. La ciudad de Viena se convirtió en un símbolo de resistencia frente al turco. En esta campaña militar el ejército otomano perdió entre 14.000 y 30.000 hombres. Los defensores de Viena tuvieron entre 1.500-2.000 bajas, mucho menores que las de su atacante. De entre ellas, solo 250 españoles sobrevivieron al asedio.

Solimán el Magnífico trató en vano de iniciar otro asedio a Viena en 1532 ya que la férrea resistencia de la ciudad de Güns y la reunificación de las tropas imperiales hizo que desechara definitivamente Viena de sus planes de expansión militar. Los habitantes de Viena se enfrentarían de nuevo al ejército otomano en 1683 saldándose con una rotunda victoria cristiana en la batalla de Kahlenberg gracias a la conjunción de las fuerzas polaco-austríacas.

Bibliografía

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