La desafortunada historia de Aracne es el mejor ejemplo de cómo la soberbia nos puede precipitar al destino más infausto. Pero, ¿de qué manera acabó la joven doncella convertida en una repulsiva araña?

Metamorfosis de Aracne

El mito de Aracne

Aracne vivía en una pequeña ciudad de Lidia llamada Hipepa. Su familia era de orígenes humildes, con la desgracia añadida de haber perdido a su madre a una temprana edad. Pero pese a todas las dificultades, Aracne poseía un gran talento. La fama de la joven era bien conocida en los alrededores pues su habilidad para tejer no tenía rival. Incluso las ninfas de la cordillera Tmolo y las del río Pactolo quedaban maravilladas por su trabajo. No era para menos, ya que era tal su presteza para girar el huso con sus dedos, que muchos decían que había aprendido su arte de la mismísima Palas Atenea

Sin embargo, la propia Aracne no parecía demasiado contenta cuando se le mencionaba a esta diosa, pues ella era demasiado orgullosa. Para demostrar que no tenía nada que agradecerle a Atenea, Aracne la retó a un singular duelo por ver quien era la que tejía mejor. Humana contra diosa. A priori no parecía una idea muy buena, dada la capacidad que tenían los dioses de perder los estribos cuando algún mortal incauto osaba contrariarles. Y así ocurrió. Cuando Atenea tuvo noticia de la osadía de Aracne, bajó del monte Olimpo para entrevistarse con aquella doncella. Para no levantar sospechas, decidió tomar la apariencia de una inofensiva anciana. Había llegado el momento de poner los puntos sobre las íes.

La diosa de la sabiduría y la artesanía se presentó en la cabaña de Aracne y le advirtió de la gravedad de sus palabras. Fue entonces cuando la venerable anciana encomendó a la mortal que pidiese perdón y que no pretendiera creerse mejor que los dioses, por su propio bien. Es bien sabido que no hay que despreciar ningún consejo, sobre todo si este procede de la voz de la experiencia. Pero la sabia advertencia de Atenea cayó en saco roto, pues Aracne se mantuvo en sus trece. Y no solo eso, sino que emplazó a la diosa a medirse con ella si tan grandiosa se creía: -¿Por qué no se presenta Palas en persona? ¿Por qué no quiere enfrentarse conmigo?- Aracne no podía imaginarse lo que vendría después.

Estatua de Palas Atenea en el Parlamento de Austria, Viena.

Esto fue la gota que colmó el vaso para Atenea. Aquella humana había llegado demasiado lejos. -¡Aquí mismo la tienes!- replicó la enojada diosa revelando su verdadera identidad. A pesar de la magnífica puesta en escena, Aracne pareció no inmutarse. Envenenada por su propia soberbia, la joven doncella se precipitó hacia su terrible destino. Aunque no las tenía todas consigo, estaba dispuesta a correr el riesgo si con ello lograba humillar a la diosa. Craso error. La hija de Zeus aceptó el duelo. Cada una colocó su telar en un sitio diferente y se pusieron manos a la obra. Los presentes allí reunidos pudieron contemplar el espléndido espectáculo que ofrecían las dos contrincantes. ¿Quién ganaría? La suerte estaba echada.

Tanto Atenea como Aracne entretejían sin parar, mezclando miles de colores difícilmente distinguibles para los no expertos en este arte. La diosa había bordado la peña de la ciudad ateniense. Además, doce dioses aparecían sentados, con Zeus en el centro, dignos y con semblante serio. Más allá, se encontraba la misma Atenea, provista con lanza, escudo y un yelmo sobre su cabeza, victoriosa frente a Poseidón. De la punta de su dardo, hacía brotar un olivo de la tierra estéril para asombro del resto de dioses y del beneficio de los mortales. No obstante, Atenea también se encargó de incluir, de forma bastante profética, escenas en las que el orgullo de los humanos había provocado la ira de los dioses otorgándoles un cruel destino.

Por el contrario, sin pensárselo dos veces, Aracne se dispuso a tejer figuras de los dioses en tono burlesco. Con Zeus no tuvo ningún tipo de compasión, representándole en una figura de toro, águila o cisne, remarcando su carácter lascivo. Una vez concluida su tarea, Atenea no tuvo remilgos a la hora de valorar el sublime arte de la joven doncella. Incluso sus imágenes estaban dotadas de movimiento, algo increíble. En lo que no estaba tan de acuerdo la diosa, era con la temática impía de la creación. Por esta razón, desgarró las telas de Aracne y con su lanzadera, golpeó tres veces la frente de la muchacha. La joven enloqueció de inmediato y trató de suicidarse atándose un dogal al cuello. Pero antes de acabar con su vida, la diosa se compadeció de ella y la transformó en araña como castigo. De esta forma, Aracne y su descendencia podrían seguir practicando su arte por siempre, hilo tras hilo, sin cesar. 

Reflexión del mito

Este mito nos presenta de una manera clara y directa como los humanos no debemos subestimar el poder de los dioses, en caso de que no queramos sufrir las dramáticas consecuencias. De haber tenido la suficiente humildad, a Aracne ni se le hubiese pasado por la cabeza medirse cara a cara contra Palas Atenea. Pero a pesar de todas las advertencias que recibió de la misma diosa, siguió adelante con su máxima. El final de esta historia es de sobra conocido: Aracne quedó convertida en una araña, situación en la que, ahora sí, podría seguir tejiendo sin problemas añadidos. Ya en la Edad Moderna, el pintor Velázquez se encargó de inmortalizar este mito a través de su obra maestra “Las hilanderas” o “La fábula de Aracne” (1657), sin duda alguna, un magnífico legado para seguir aprendiendo de este relato único.

“Las hilanderas” por Diego Velázquez (1657).

Por otro lado, el hecho de que Atenea tomara la forma de una inocente anciana nos hace ver como en muchas ocasiones, la llamada “tercera edad” sigue siendo el faro de la sabiduría a pesar de su vejez. No es un tema baladí, pues con su amplia experiencia, evitaremos cometer un sinfín de errores. Por esta razón, especialmente los más jóvenes, debemos prestar atención a sus variados consejos. En una sociedad en la que parece que los ancianos nos estorban, no está de más escuchar lo que tengan ofrecimiento de contarnos. Eso mismo le ocurrió a nuestra protagonista, quien osó despreciar a aquella anciana en lugar de hacerle caso. De haber obrado de diferente manera, quizás Aracne podría haber salido más airosa de la situación en la que ella misma se había metido por imprudente y altanera.

Bibliografía

Commelin, P. (2017). Mitología griega y romana. La Esfera de los Libros, S.L.

Goñi, C. (2017). Cuéntame un mito. Editorial Ariel.

Hard, R. (2004). El gran libro de la mitología griega. La Esfera de los Libros, S.L.

Schwab, G. Leyendas griegas. Editorial Taschen.