Decía el prestigioso hispanista Hugh Thomas que «el mestizaje fue la mayor obra de arte lograda por los españoles en el Nuevo Mundo, una mezcla de lo europeo y lo indio». Y créanme, no se equivocaba. Acompáñenme en este artículo y descubran la realidad del mestizaje: la esencia de Hispanoamérica.

Blanco, tostado y negro: los tres colores primarios del mestizaje americano. Español, indígena y esclavo africano: los tres actores principales. Con la llegada de los españoles y posteriormente de los esclavos africanos, la relativa exclusividad y unidad étnica y cultural del Nuevo Mundo quedó disuelta. Y digo relativa porque lógicamente el colectivo humano que habitaba el hasta entonces desconocido continente era tan diverso y dispar como el que había en el Viejo Mundo. A pesar de ello y atendiendo a varios rasgos comunes que compartían, los españoles, desde la óptica de su tiempo, optaron por denominar al colectivo prehispánico como indios.

Hacia el s.XVI se puso en marcha la locomotora multiétnica que haría de América lo que es hoy, la tierra del mestizaje por antonomasia. Un proceso lento y para nada regulado. Aunque parezca mentira solo una pequeña parte de los mestizos nació fruto del matrimonio canónico entre español e india, por supuesto nos referimos a los hijos de princesas y nobles indígenas con conquistadores de cierta relevancia, es este el caso del famoso Inca Garcilaso de la Vega -nacido de la unión entre el capitán Garcilaso de la Vega e Isabel de Chimpu, prima de Atahualpa-. Por contra, la inmensa mayoría de los primeros mestizos fueron fruto de relaciones extraconyugales, buen ejemplo de ello es don Martín Cortés Malintzin, hijo del famoso conquistador extremeño y su amada Lengua.

¿Cómo eran estas relaciones extraconyugales?

El fenómeno de las relaciones extraconyugales fue más común de lo que nos pudiera parecer, a pesar de casos brutales puntuales como pudieron ser el rapto o las violaciones, lo que verdaderamente primó fue el amor libre, lo que viene siendo conocido como amancebamiento o concubinato. El modelo de la familia tradicional se extrapoló al Nuevo Mundo, y con él también lo hicieron los cuernos. No era nada raro que el poblador castellano durante y después de la conquista mantuviera una estrecha relación sentimental con alguna nativa sin estar sujeto a unión formal a la vez que permanecía atado a un matrimonio de conveniencia. También hay que tener en cuenta que al principio fueron pocas las castellanas que cruzaron el charco con destino al Nuevo Mundo (se calcula que durante la Conquista había una mujer blanca por cada 10 castellanos y en etapas próximas 3 por cada 10), y a falta de pan buenas son tortas, porque hay que recordar el prototipo del conquistador: varón joven y por norma general soltero, ávido de aventuras, en edad fecunda y lo más importante, por norma general, sin prejuicios raciales.

Llegados a este punto, ¿quién es el mestizo?

El Inca Garcilaso recitaba con orgullo en sus “Comentarios Reales” que «a los hijos de español y de india, o de indio y española, nos llaman mestizos por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en Indias, y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación, me lo llamo yo a boca llena y me honro con él». Y apostillaba diciendo: «Aunque en Indias si a uno de ellos le dicen “sois un mestizo” o “es un mestizo” lo toman por menosprecio».

El caso de Garcilaso, como el de otros mestizos de renombre o descendientes de sonadas estirpes es el caso del mestizo que ha asumido con toda la estimación su doble herencia, digna de memoria por ambas partes. Sin embargo, por norma general, el mestizo como tal nunca constituyó un grupo homogéneo capaz de crear una ¨república identitaria¨ como sí lo hicieron españoles e indios. Acomplejado por una condición a la que no respaldaba ninguna formalización jurídica y en la mayoría de los casos por su situación de hijo ilegítimo, el mestizo renegaba de su naturaleza.

Entonces, ¿qué sucedía con el mestizo?

Pues que prefería ser considerado blanco o indio, intentar adscribirse a alguna de las dos citadas repúblicas y con suerte ser aceptado. En el caso del mestizo con aspiraciones españolas el tono de color de la piel jugaba un factor muy importante, como también lo jugaba la legitimación paterna o en caso de contar con el bolsillo lleno comprar al rey una cédula de gracias al sacar, la cual blanqueaba de iure la condición del mestizo.

Por su parte, los que se decantaban por la opción indígena tampoco lo tenían fácil, aunque trataran de integrarse la última palabra la tenía la comunidad en sí, y ésta muchas veces se oponía a compartir sus derechos o las tierras comunales, que eran las que eran y ya costaba de por sí administrarlas entre los suyos.

¿Cómo de variada fue la paleta de colores?

Muy variada. Aunque al principio los cruces posibles ofrecían un mestizaje muy limitado, conforme pasó el tiempo la gama combinatoria se multiplicó exponencialmente, dando como resultado un número infinito de mezclas, lo cual terminó por diluir toda la ordenación social habida hasta entonces ¡Resultaba imposible conocer la proporción exacta de sangre blanca, india o negra que corría por las venas del individuo! A pesar de ello, con la llegada del s.XVIII y la Ilustración, los hombres más curiosos se afanaron en crear una clasificación metódica y cuasi taxonómica al estilo de la existente en el reino animal. Fruto de estos estudios nos han llegado hasta nuestros días las famosas tablas de mestizaje, las cuales recogen una amplia gradación de todas estas posibilidades combinatorias. Con una de ellas les dejo y espero que la disfruten.

Tabla de mestizaje de Nueva España, s.XVIII. Anónimo.

Bibliografía:

Serrera Contreras, Ramón María, La América de los Habsburgo, Universidad de Sevilla, Sevilla, 2011