Como tantos hijos de italianos emigrados a América, Al Capone fue bautizado en la fe de sus padres, incluso hizo la Primera Comunión. Pero poco más. Al menos, en lo que a vida de fe se refiere. Sus primeros años no transcurrieron en una sacristía, ayudando a vestir a un sacerdote para celebrar los sagrados misterios.

Transcurrieron, más bien, en las calles de Brooklyn y en uno de esos llamados centros sociales, donde los jóvenes italoamericanos mataban el tiempo charlando, jugando a las cartas o al billar, leyendo los tabloides o haciendo prácticas de tiro. Estos centros solían llevar el nombre de alguna región, ciudad o pueblo de la ‘mamma’ Italia, de algún personaje histórico de allá, o de algún caudillito de barrio del nuevo mundo. En el caso del joven Capone, el centro social que frecuentó se llamaba Johnny Torrio, quien fue su mentor en el mundo del hampa.

Pero antes de convertirse en el rey del crimen, el siempre precoz Capone pasó por el altar, no sin antes haber embarazado a una muchachita irlandesa llamada Mae. Al y Mae se conocieron trabajando en una fábrica de cartón -uno de los pocos empleos legales que tuvo él-, donde ella era la encargada de controlar los horarios de los empleados. Se dice que Sonny, el único hijo del matrimonio, fue concebido en un rincón oscuro de la fábrica, uno de tantos donde la pareja aprovechaba para amarse furtivamente, detalle que los aleja de las vidas ejemplares de los santos.

Guión de Gonzalo Altozano.