Serie: Érase una vez España

Capítulo 13: Al-Ándalus

Al otro lado de la frontera, los musulmanes permitieron a cristianos y judíos conservar su religión y tradiciones relativamente intactas. La mejora en el caso judío fue significativa. Tras siglos de persecuciones y abusos al fin obtenían autonomía propia y seguridad, pudiendo incluso llegar a asumir algunos cargos en el gobierno. Por su parte, muchos cristianos se acogieron a las mejoras fiscales que significaba adherirse al islam y pasaron a denominarse muladíes. En contra, los que prefirieron mantener su fe cristiana a pesar del gravamen económico, recibieron el nombre de mozárabes. Estos dos grupos integraron la inmensa mayoría de la sociedad musulmana.

Sin embargo, en el al-Ándalus, aunque se vivieron etapas de convivencia y tolerancia, también las hubo de intransigencia y muerte. La teoría del Parnaso idílico andalusí no se la cree ni quien la inventó. En la sociedad musulmana, aunque había gente normal, también abundaban los intolerantes y los fanáticos eran, como siguen siendo, igual de fanáticos rezasen mirando a Roma o a la Meca. Lo que no faltó en la España musulmana, contagiados tal vez por el clima local, fue la división permanente.

Mapa de al-Ándalus en 732, durante su mayor extensión.

El pueblo invasor estaba claramente dividido en etnias muy distintas y extremadamente hostiles entre sí: los árabes de Arabia, valga la redundancia, los yemeníes, los sirios y la masa de bereberes recién convertidos, estos últimos de fidelidad dudosa y considerados de categoría inferior. Antes de terminar siquiera la conquista ya habían estallado las luchas entre árabes y bereberes al ser estos últimos relegados a las tierras más pobres y peligrosas. Nos podría sorprender que una minoría se quejase de no tener espacio en un país prácticamente despoblado, pero es que los conquistadores, como más tarde harían los españoles en América, no buscaban tierras para cultivar, sino gentes que las cultivaran para ellos.

Eran momentos convulsos para los invasores.  Cuarenta años de guerras intestinas entre las diferentes tribus que pusieron en riesgo la propia integridad de la Hispania musulmana. Por el contrario, las comunidades populares prosperaban y crecían al amparo de fértiles cosechas gracias a las nuevas técnicas de regadío traídas desde Oriente, perfectas para las inmensas fincas andaluzas y levantinas. Los bereberes, hastiados de sus pobres terrenos del norte peninsular, reclamaron un botín por sus servicios que la aristocracia árabe se negó a conceder. La tajante posición cordobesa provocó el abandono de ciudades y castillos hasta entonces defendidos por las tropas berberiscas en la frontera norte. El hecho fue aprovechado por los incipientes reinos cristianos que no dudaron en ocupar y poblar dichas zonas.

Sobre el 740 estalló una revuelta bereber que estuvo a punto de acabar con la dominación musulmana de la península. Un oportuno auxilio de un contingente sirio sirvió para apaciguar momentáneamente todo el follón andalusí.

En el norte se configuraba la extensa frontera del Duero con los nuevos reinos cristianos. En el este, el rico valle del Ebro. Los musulmanes, además, desatendieron cualquier intento de ocupación y colonización de los terrenos que los cristianos habían dejado despoblados, configurando su frontera particular en un eje defendido por tres futuras marcas: Zaragoza en el norte, Toledo en el centro y Mérida en el sur. La ribera del Duero se convertía en tierra de nadie destinada a observar como las sangrientas batallas se sucedían sobre sus arenas.

Mientras que las discordias y los gobernadores se sucedían en el al-Ándalus (20 en 40 años), un acontecimiento lejano iba a cambiar para siempre el futuro de nuestra península. Durante un siglo, el clan Omeya se había mantenido a la cabeza del islam gobernando y dirigiendo el destino del imperio desde Damasco, pero esos días estaban a punto de acabar. En el 750, un miembro de la tribu rival, los hashimíes, llamado Abd Allah, derrocó al califa y exterminó a los omeyas. Tras acabar con todos ellos e incluso borrar los nombres de las lápidas de sus tumbas, trasladó la capital a Bagdad y se cambió el nombre por el de Abu al-Abbás. La dinastía abbasí acababa de nacer.

Pero no todos los omeyas habían sufrido el mismo infausto destino. Justo cuando la España mora se asomaba de nuevo a una guerra civil, como en los cuentos de hadas, llegó del lejano Oriente un joven príncipe fugitivo que logró alcanzar nuestras, para él, lejanas tierras.