Podemos diferenciar entre tres actitudes bien diferenciadas en el desarrollo y despliegue del pensamiento humano occidental. Una primera actitud, teológica o metafísica, que se inicia con el alborear de la actividad filosófica en la costa Jonia (actual Turquía), allá por el siglo VI a. C.,  y se expande hasta Descartes, y en la que prepondera el pensamiento mítico, religioso y ultraempírico. Una segunda actitud, la científica, en donde predomina el desenvolvimiento y la pujanza imparable de las distintas ciencias positivas. Y una tercera actitud, que podríamos denominar filosófica, y que se caracteriza fundamentalmente por el rigor, la crítica y la dialéctica… Veamos, ahora, más pormenorizado el estado de la cuestión.

La primera actitud, la teológica o metafísica (hay que decir que el concepto “teología” es un neologismo acuñado e introducido, por primera vez, por Platón en su obra político-filosófica La República), coloniza la voluntad y el conocimiento del individuo incendiando su corazón con el fuego purificador de la certidumbre absoluta, y transforma su ánimo de pusilánime en vivificante cascada de seguridades, impeliéndolo a creer todas las vertientes y relieves que la idea le sugiere, como si de un dogmático se tratara. El individuo deviene creyente, ser que se subordina a unos dogmas y cree sin fisuras en ellos.

La segunda actitud, la científica, hace del pensar y del conocer un intento de universalización, más allá de espacios y tiempos, sometiendo con principios la realidad y “domeñando” a los fenómenos gracias al descubrimiento de las leyes, que ordenan la realidad total del mundo imprimiendo estabilidad, certidumbre y necesariedad. Sin embargo, sistematizar y metodologizar el pensamiento supone encarrilarlo y colocarlo en rieles preestablecidos por los cuales la razón discurre de un modo rutinario. Así, de este modo, se evitan injerencias indeseadas, es verdad, pero las elucubracionesque no agotan la realidad, pues esta es pletórica y desbordante en extremo, acaban explicando el todo por la parte… y facultades como la imaginación pierden enteros, ya que se opta por explorar, de modo automático, lo que el sistema y el método imponen.

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La tercera actitud es la filosófica. Pero la filosofía se dice de múltiples maneras y hay tantas concepciones de ella como pensadores ha habido. Por ello, intentaré esbozar, muy somera y sucintamente, lo que entiendo por actitud filosófica crítica.

La mirada inquisitiva traspasa lo convencional; la curiosidad perfora la monotonía; la crítica tritura lo decadente. Los sordos a los requerimientos de la realidad plural y diversa son aquellos que, emboscados en la atalaya de sus prejuicios, mantienen su obstinación por tener toda la verdad para sí. La verdad que no alberga en su envés la duda; la certidumbre que no deviene, en uno u otro momento, fermento de formas vacilantes… se transforma en dogma pétreo e inconmovible. El que no se despoja de sus presupuestos dogmáticos y de creencias inconscientes alberga dentro de sí nefastos contenidos y puede ser un peligroso intolerante para sí y para los demás, irrespetuoso e incívico dentro de su medio de convivencia.

Ahora bien, una interrogante bien formulada, con la intención perfectamente dirigida y con la dirección correcta…, puede ser un arma de incalculable valor y puede socavar cualquier principio por muy bien establecido que el dogmático lo tenga, y hacer tambalear y derribar, en último extremo, toda creencia inconsciente e inconsistente.

Slavoj Žižek & Cats. Ilustración de Rachel J Corey.

Abrir una hendidura en el absolutismo del dogma incuestionado y colar por ella los gérmenes críticos de la duda mediante objeciones rigurosas y argumentadas para relativizar tal realidad tóxica es la tarea de la filosofía. Y ello es así porque el dogmatismo se desembaraza de todo cuestionamiento y de todas las interrogantes que puedan hacer vacilar su edificio conceptual intocado, y eso lo convierte en un peligroso individuo.

En este sentido, el filósofo crítico supone la gran objeción contra el dogmatismo.

Como un zahorí del pensamiento, que auscultara el suelo de lo establecido por el conocimiento, el filósofo o amante del saber, mediante el juicio crítico y la dialéctica de la palabra fundamentada, asemejándose al tábano o a un pez torpedo, erosiona los principios incuestionados que acaban imponiéndose como tiranos y colonizan las mentes de aquellos seres inconscientes que se conforman con verdades no comprobadas.

A medida que la filosofía, por el influjo del éxito creciente e imparable de las distintas ciencias, sistematizó y metodologizó su realidad problemática, el pensamiento filosófico universalizó sus principios, globalizó su radio de operatividad y subsumió al ser humano en una suerte de autómata cognoscitivo convirtiendo su pensar en un sistema de axiomas y contenidos necesarios, que, progresivamente, han ido anulando su espontaneidad, su imaginación y su libertad.

Cuanto más abstractos y desvinculados del individuo concreto se haya el pensamiento, mayor validez, mayor prestigio y mayor legitimidad. Así pues, frente y contra la progresiva especialización de las diversas ciencias, la visión sinóptica y holística, crítica, de la filosofía. Frente y contra la inconsciencia de la creencia dogmática del ser metafísico y teológico, el rigor y el juicio crítico que hace añicos las verdades absolutas, tan dañinas para la convivencia en armonía y proporción.

Ninguna de estas tres actitudes son puras. Quiero decir con esto, que todos nosotros, según la situación, las personas con quien nos encontremos, las ideas y problemas con los que nos enfrentamos y el contexto en el que se despliegan los contenidos, así como el presente histórico que nos toca vivir, condicionansi no determinan— nuestra actitud presente. Así pues, todos albergamos las tres actitudes en mayor o menor medida en función de muchas variables. Y puesto que el grado de experiencias condiciona el nivel de conocimientos y el desarrollo del aprendizaje individual, la actitud más saludable para cada cual irá en función de su nivel cognoscitivo.

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