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Gabriel García Márquez, escritor de origen latinoamericano, desarrolló su obra durante la segunda mitad del siglo XX. Dando lugar a un nuevo género especialmente cultivado en su Sudamérica natal: el Realismo Mágico.

Entre sus obras, Cien años de soledad alcanzó la cumbre, convirtiéndose en lectura obligatoria para todo aquél que guste de llamarse a sí mismo “lector”.

Hace 50 años se publicaba por primera vez su gran obra, en la ciudad de Buenos Aires, y tras largos desvelos y eternos esfuerzos del autor por concluirla.

En 1982, el Gabo fue premiado con el Nobel de la Literatura por Cien años de soledad. Aunque con premio o sin él, la familia Buendía ha ido marcado a generación tras generación.

A continuación, Cien años de soledad en sus mejores citas:

1. «Todavía no tenemos un muerto. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.»

– El valor de las raíces. García Márquez supo enseñarnos que la patria no es válida sino hasta que algo o alguien te ata a ella para siempre. Ese lazo perenne es el que te hace sentir en casa.

2. «Le prometió seguirla hasta el fin del mundo, pero más tarde, cuando arreglara sus asuntos, y ella se había cansado de esperarlo identificándolo siempre con los hombres altos y bajos, rubios y morenos, que las barajas le prometían por los caminos de la tierra y los caminos del mar, para dentro de tres días, tres meses o tres años.»

– El significado de las promesas. Las eternas expectativas que el hombre se autogenera tras escucharlas de la boca de quien quiere. Quizá el Gabo nos quiso decir que es mejor no aferrarse a la palabra de nadie.

3. «La adolescencia le había quitado la dulzura de la voz y la había vuelto silencioso y definitivamente solitario, pero en cambio le había restituido la expresión intensa que tuvo en los ojos al nacer.»

– El asombroso paso a la edad adulta. Lo complejo del que lo vive en sus carnes, y de quienes lo ven como espectadores, incapaces de poder hacer nada por retener a aquél niño que poco a poco, se ha convertido en hombre.

4. «El tiempo aplacó su propósito atolondrado, pero agravó su sentimiento de frustración.»

– El irremediable correr del tiempo y su frenetismo. Quién no ha sentido cómo sus propios propósitos inconformistas de la juventud iban poco a poco decayendo, y generando a su paso cierto sentimiento de insatisfacción.

5. «El tiempo aplacó su propósito atolondrado, pero agravó su sentimiento de frustración.»

– La toma de conciencia de los dramas reales del mundo. Márquez nos hizo sentir en la piel la sacudida del alma y el agitar de conciencia que supone mirar más allá de la zona tranquila en la que vivimos día a día.

6. «En realidad no le importaba la muerte, sino la vida, y por eso la sensación que experimentó cuando pronunciaron la sentencia no fue una sensación de miedo sino de nostalgia.»

– El valor de lo importante. Y es que quizá el temor a no llegar, a fallar, a herirnos, nos sigue frenando al tomar decisiones. Por eso es mejor no olvidar que lo único que importa, es lo que hacemos mientras estemos aquí.

7. «Como todas las cosas buenas que les ocurrieron en su larga vida, aquella fortuna desmandada tuvo origen en la casualidad.»

– La tranquilidad que aporta el confiar en el azar. El Gabo quiso recordarnos a lo largo de su obra que la casualidad es a veces la única encargada de dar lugar al desenlace de los acontecimientos. Y lo cierto es que hay poco sentimientos tan liberadores como asumir esta verdad.

8. «Escarbó tan profundamente en los sentimientos de ella, que buscando el interés encontró el amor, porque tratando de que ella lo quisiera terminó por quererla.»

– El otorgar siempre la oportunidad de conocer. Y es que en ocasiones, los árboles no nos dejan ver el bosque y perdemos la perspectiva. Si abrimos bien los ojos, y observamos con detenimiento, es muy probable que veamos mucho más bello el universo. Se quiere más, cuanto más se conoce.

9. «Había necesitado muchos años de sufrimiento y miseria para conquistar los privilegios de la soledad, y no estaba dispuesta a renunciar a ellos a cambio de una vejez perturbada por los falsos encantos de la misericordia.»

– Darse valor a uno mismo pasa por abrazar nuestro espacio de soledad y conocernos cada día más. Aprender a querernos en silencio, sin el ruido de fondo de las relaciones sociales es un arduo trabajo, pero casi siempre es bien recompensado.

10. «Había perdido en la espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el hábito de la ternura, pero conservaba intacta la locura del corazón.»

Carpe Diem. La vida pasa, y el paisaje al que miramos, sea éste interno o el que nos rodea, muta con los días. ¿Qué es eso sino una invitación a mantener la inquietud y la motivación del espíritu alerta para seguir aprendiendo algo nuevo cada mañana? La edad está en el alma.

 

Cien años de soledad, después de cambiar la perspectiva del que lo lee, se desmigaja e impregna rincones de la memoria que salen a la luz de vez en cuando, recordándonos porqué la literatura es ese maravilloso hábito que cambia vidas.