La ciudad tiene cientos de museos, pero tú solo conoces 4 de ellos, y te sientes culpable por no conocerlos todos. Prometes que este año lo harás.

Intentar relajarte en la chalupas de Xochimilco y acabar nadando ebrio en el mismo lago.

Ir con un billete de 1000 pesos y que no te lo acepten en ningún lado. Ninguna tienda tiene cambio, NUNCA.

Un helado en Coyoacán, un clásico.

La comida callejera ha hecho que desarrolles un estómago propio del mejor de los súper héroes.

Todos, sin excepción, dicen conocer a alguien que es primo o vecino de un amigo que conoce la identidad del merolico, el vendedor ambulante de los tamales oaxaqueños.

Que la llegada del calor provoque una oleada de fotografías en Instagram que te recuerden que aquí no hay playa.

Sabes que siempre gritarás “¡Viva México!”, aunque detestes con todas tus fuerzas a Peña Nieto o al gobierno de turno.

Llevar a los niños al Nacimiento de la rotonda de Bosques de las Lomas y que no quede ningún borrego porque los han robado.

Conoces a alguien, y te gusta. Pero resulta que vive después de Periférico o Satélite. En ese momento asumes que esa relación está condenada al sufrimiento.

Si estás en plena conquista, es muy probable que le lleves al mirador de la Torre Latinoamericana o al del Monumento.

Para ti no es nada raro que un edificio se hunda. El resultado de construir la ciudad sobre un lago son edificios torcidos llenos de grietas a los que ya te acostumbraste.

No tienes muy claro qué son las Torres de Satélite, si un edificio sin ventanas, una obra de arte, o un contenedor de agua. También pueden ser todas a la vez.

Salir del metro auditorio y ver que los ambulantes no están.

Si hay un sismo, y es menor a 6 grados, para ti no ha existido.

Convertirte en contorsionista para no estropear fotos a los turistas en el Zócalo

Conoces alguno de los tres estadios de fútbol que hay en la ciudad. Y consideras que un partido es un gran lugar para desfogarte y liberar tensiones.

Si oyes “ahí va el agua” durante un partido, seguramente buscarás cobijo cercano. Demasiado tarde. No hay cobijo, trates de resguardarte o no, ya te cayó.

Los peligros de la carretera para ti no son un misterio. Te entrenas manejando por la carretera México-Pachuca y has aprendido a convivir con las inundaciones del viaducto.

“El Desierto de los Leones” siempre será un bosque que no tiene leones, “El Sope” nunca será comida y en “El parque de los Venados” no hay venados.

Que la gente monte en bici los domingos al lado del Ángel de la Independencia y tú solo puedas pensar en el atasco que te espera y como te las vas a arreglar…

Una reunión fuera de la oficina los viernes siempre es la mejor excusa para escaparte a Acapulco o a Cuernavaca.

La Arena México siempre será “la capital del mundo de la lucha libre”.

O eres de los técnicos, o eres de los rudos; las medias tintas no son para ti.

Café Tacuba puede significar dos cosas distintas para ti. Aquel grupo de rock o el nombre de uno de los restaurantes más célebres de la gastronomía del Centro Histórico.

Es probable que durante la madrugada del sábado acabes cayendo en la tentación de los tacos de Borrego Viudo o los Chupacabras. Cuando alguien te pregunte el próximo lunes, probablemente lo niegues todo.

La tiendita de la esquina siempre te puede sacar de algún apuro

El Torito te da pánico. Y no, no nos referimos al personaje de Pedro Infante.

Los niños de otras ciudades aprenden a hacer simulacros de incendios. Tú, sin embargo, estás preparado para el ataque de las partículas suspendidas gracias a los simulacros de contingencia ambiental.

“Ahorita” y “al ratito” significa “en unas horas”, o “nunca lo haré”, o “no me estés molestando”, depende del contexto de la conversación.

Sabes que una persona es de provincia cuando te dicen que las quesadillas solo son de queso. Las quesadillas seguirán siendo con queso y sin queso.

Creer firmemente que aquí cabemos todos. Vengas de donde vengas y seas como seas.

Y tener la certeza de que no podrías vivir en otro lugar.